La convivencia política republicana supone el respeto de ciertas reglas, de ciertas formas, por parte de todos los adversarios.
¿Qué debe hacer, empero, el adversario cumplidor cuando su rival es un transgresor no ya "ocasional" sino "sistemático"? ¿Debe imitarlo para jugar en el mismo terreno que él o debe mantenerse fiel a sus creencias republicanas?
¿Sería excesivo sostener, en este sentido, que el matrimonio gobernante es un trasgresor sistemático de las normas republicanas? No destina los cuantiosos fondos del Anses en favor de los sufridos jubilados, sino en dirección de sus propios fines proselitistas. Ahora pide que el inquietante informe del ex embajador Eduardo Sadous al Congreso sobre la corrupción paralela de los gobiernos de Venezuela y la Argentina ya no sea "secreto", como se había convenido, sino "público". La Presidenta entró en una polémica inusual con el presidente francés Sarkozy en los foros internacionales, contraviniendo los usos habituales de la diplomacia. Cuando precandidatos como Duhalde y Solá se quisieron manifestar, el Gobierno les envió "barrabravas". Estos son los ejemplos más recientes, pero no por cierto los únicos, del comportamiento político irregular del matrimonio gobernante. ¿Cómo deberían conducirse frente a él sus opositores?
Aquellos que se sientan alrededor de una mesa de cartas donde grandes sumas están en juego, advierten que uno de los jugadores hace trampas. En tal caso, enfrentan un dilema. Si insisten en no hacer trampas, podrían perder. Pero si resuelven imitar al transgresor, hacen trampas y, como consecuencia, ganan, ¿cuál sería el valor moral de su victoria?
Si los opositores insisten en acatar las formas de la convivencia civilizada, ¿no corren acaso del peligro de que la sociedad, que observa el juego, los considere ingenuos en un país como el nuestro, donde ha cundido el culto a la viveza criolla? Así planteado, el dilema suscita a su vez esta otra pregunta: nuestra sociedad, que mira atenta al desempeño de los competidores por el poder, ¿cómo reaccionará finalmente ante estas dos conductas en contraste? Gracias a sus "trampas", los Kirchner ganan batallas en el Congreso y en la calle. ¿Ganarán por eso la guerra que culminará en la decisiva jornada electoral de octubre de 2011? ¿O cada victoria "tramposa" del Gobierno aumenta, al contrario, su actual desprestigio? Decía Borges que "el coraje siempre es mejor". ¿Lo es también la coherencia republicana? Si los opositores insisten en resistir la tentación de la trampa, salvarán sus conciencias. ¿Ganarán, además, la guerra? En una sociedad que hace justo un año adhirió a la ética republicana, apostar a los principios quizás no sea después de todo una mala decisión, no sólo en sí misma sino también en dirección de la plenitud democrática.