JOHANNESBURGO. En junio de 2006, Gerardo Martino quería que terminase el Mundial. Su equipo estaba en cuartos de final de la Libertadores y él necesitaba preparar el partido clave.
Instancia fragmentada por la Copa, las idas de cuartos se jugaron en mayo y las revanchas en julio. Mientras todos miraban Alemania 06, Tata solamente tenía ojos para River, el rival de su Libertad paraguayo. Todo salió bien. Tras el 2 a 2 de visitante, ganó 3 a 1 en la demorada revancha y se clasificó para las semifinales. Allí Internacional de Porto Alegre lo despertó del sueño. Pero inmediatamente le llegó un nuevo desafío: dirigir a la Albirroja. Sus campañas en Cerro Porteño y Libertad convencieron a la Asociación Paraguaya de Fútbol de que era el hombre indicado para el necesario relanzamiento del equipo nacional post-Mundial, donde no había pasado la etapa de grupos.
Integraron ese plantel Haedo, Bonet, Santa Cruz, Barreto, Da Silva, Riveros, Villar, Bobadilla, Caniza y Julio Cáceres, 10 de los 23 que siguen celebrando su victoria ante Japón, más Salvador Cabañas, la inspiración de este equipo que juega por él. Técnicamente, fue un partido pobre. Costó ver tres pases seguidos en campo rival. No hubo gambetas ni paredes. Y sobraron las áreas durante un largo rato. Pero a mí me gustó. Tuvo un punto de épica. Los dos equipos regaron la cancha con sudor. Dejaron la piel sobre el césped de Pretoria. La batalla entre guaraníes y samuráis nos regaló ese compartido esfuerzo por suplir la falta de talento con voluntad, orden, disciplina y sacrificio. Corrieron, metieron y trabaron lealmente cada pelota como si fuera la última de sus vidas. No jugaron, es cierto. Pero lo intentaron, aun con sus limitaciones.
Paraguay dejó siempre tres delanteros entre sus titulares. Japón nunca renunció al ataque con el virtuoso Honda arriba y un ejército de llegadores. No hubo goles. Komano la estrelló en el travesaño en el tercer penal japonés. Y Tacuara Cardozo se transformó en el Capitán Frío . Remató el decisivo con la tranquilidad con la que uno bosteza. Su rival será España. El gol de Villa, en offside, definió el duelo ante un Portugal amarrete en el que Cristiano Ronaldo no salió de su rol decorativo. CR 7 terminó su mal Mundial escupiendo ante la cámara.
Tras un furioso comienzo, la Roja volvía a mostrar la falta de alternativas para desactivar el cerrojo portugués, con 10 jugadores detrás del balón. Pero ante un panorama muy similar al juego con Suiza, Del Bosque cambió la partitura y puso a Llorente, un "nueve" que cabecea hasta los ladrillos y juega bien por abajo. Fue decisivo por su presencia en el área. En la acción del gol, mantuvo a cuatro defensores ocupados en su marca. Luego Iniesta tiró el pase y Xavi el tacazo genial. El goleador derrotó al excelente Eduardo en su segundo tiro.
España hizo la diferencia cuando abandonó su académico teatro de conservatorio y apostó a una improvisación. Por ambos caminos, produjo una buena actuación. Con el 1-0, volvió a su Manual de Estilo a puro toque. Tac, tac, tac. Dictó cátedra de cómo se defiende un resultado con la tenencia de la pelota. Portugal no la vio más. Ahora le toca Paraguay. Gerardo Martino ya prepara este duelo clave de cuartos. En junio de 2010, Tata no quiere que termine el Mundial.
Por Juan Pablo Varsky
Para LA NACION
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