Nuestro reciente cambio de canciller dio lugar a numerosos debates. Desde la perspectiva de la política exterior, poco importa que la decisión se haya originado en desacuerdos políticos dentro del Gobierno. Eso es anécdota.
Lo importante es que se fue un progresista tercermundista, entusiasta a la hora de disputar contra un presidente norteamericano ultra derechista como Bush, y llegó un progresista de cuño diferente, más afín a los demócratas norteamericanos que ahora gobiernan. Así, la Argentina se adaptó al escenario generado por el recambio de presidentes estadounidenses.
No obstante, los debates engendrados por nuestro cambio ministerial volvieron a poner sobre el tapete la idea de que la Argentina es un país aislado. Esta noción reflejó una dolorosa realidad cuando protagonizó su cesación de pagos a fines de 2001, pero ha estado cada vez más desactualizada desde el exitoso canje de deuda de 2005.
El hecho de que la crisis global desatada en 2008 haya producido conflictos comerciales con varios de nuestros socios ( la Unión Europea, China, Brasil, Rusia) no invalida el éxito de la reinserción mundial del país. Por cierto, los conflictos derivados de un aumento del proteccionismo son habituales en tiempos de crisis. Obsérvese que a pesar de las fricciones comerciales con Brasil, Lula votó por Néstor Kirchner como secretario general de la Unasur, clara señal de que en la región sudamericana la Argentina no está aislada.
Lo mismo es válido de cara a los países más desarrollados. En verdad, a estas alturas algunos parámetros claves de nuestra economía impresionan mucho por lo positivos y generan cualquier cosa menos aislamiento. No sólo adhirió el 92,4 por ciento de los acreedores de la Argentina a los canjes de deuda de 2005 y 2010. Nuestra deuda externa pública equivale tan solo al 66 por ciento de nuestro PBI, lo que se compara con el 80,6 por ciento para Gran Bretaña, el 84,7 por ciento para la eurozona, y el 87,5 por ciento para los Estados Unidos. Y mientras el gran dolor de cabeza de los países desarrollados es el déficit fiscal, en mayo de 2010 la Argentina pudo ostentar un aumento del superávit fiscal primario interanual del 123 por ciento.
Estos éxitos son reconocidos ampliamente. En semanas recientes, en declaraciones independientes, el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, la secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Rodham Clinton, y su cónyuge, el ex presidente de ese país Bill Clinton, coincidieron en expresiones entusiastas sobre el desempeño argentino. Se puede coincidir o discrepar de estos juicios, pero no se puede negar que representan la antítesis del aislamiento internacional que algunos de nuestros compatriotas dicen que padecemos.
Por cierto, en una entrevista concedida el 24 de mayo a Le Monde , de París, Stiglitz comentó las bondades del modelo argentino posterior a la convertibilidad, contrastándolo con el malhadado corsé del euro, con que Europa se ha encadenado. Dos semanas más tarde, el 7 de junio, el ex presidente Clinton vertió conceptos similares al declarar en Buenos Aires que, si sigue con estos resultados, en medio siglo la Argentina puede recuperar el octavo puesto de prosperidad mundial que ocupaba en 1908. Y a su vez, en ocasión de su visita sorpresa al país del 1° de marzo, la secretaria de Estado elogió oficialmente los logros argentinos de los últimos años.
Es bueno recordar las circunstancias de ese viaje. El 23 de febrero la presidenta Cristina Fernández había dicho que su par norteamericano había defraudado expectativas en América latina. El jefe del área latinoamericana del departamento de Estado, Arturo Valenzuela, le replicó diciendo que, según encuestas, Obama es más popular en algunos países latinoamericanos que los gobernantes locales. Entonces, para evitar los malos entendidos, Hillary Clinton cambió de planes e incluyó improvisadamente a Buenos Aires en una gira que realizaba por la región.
En este tren, la funcionaria no sólo no ahorró elogios para nuestro país sino que sumió a los británicos en una crisis existencial, ofreciendo mediar en la cuestión de Malvinas y apoyando la reapertura de las negociaciones. Sus dichos no implican un abandono de la neutralidad norteamericana en la cuestión de fondo y no deben llamar a engaños respecto de nuestras escasas perspectivas de recuperar el archipiélago, pero para los británicos fue una bofetada.
Por cierto, una nota de Neil Gardner publicada el 3 de marzo en el Telegraph de Londres decía que, en estos tiempos en que los británicos dan su sangre en guerras norteamericanas, es difícil imaginar una declaración más perjudicial para las relaciones entre Estados Unidos y el Reino Unido que las declaraciones de Hillary. El columnista las tildó de "enorme insulto".
Y el emblemático Times comentaba, en nota de Catherine Phips:"Chocante, ¿no es verdad? Nuestros amigos norteamericanos guerrean sangrientamente y nosotros los acompañamos en la carga, pero basta con un poco de cháchara belicosa por parte de Argentina y hacia allí se dirige Hillary para partir el pan, sorber ruidosamente el malbec y comportarse como un compinche de los locales que traiciona la causa colonial británica".
Las palabras de la secretaria de Estado no cambian casi nada, pero ¡qué gesto! Además, los medios británicos se quejaron de que algunos altos funcionarios de Estados Unidos ahora hablen de las "Malvinas" y ya no de las "Falkland".
El costo diplomático de la nueva retórica frente a los británicos es grande. ¿Se incurre en tales costos por un país marginado que hace las cosas mal?
En verdad que no. El aislamiento argentino comenzó a revertirse hacia 2005. Aunque es verdad que todavía está pendiente el acceso al crédito a tasas razonables, en 2010 nuestro aislamiento no es más que un mito de uso político interno. Haberlo superado debería ser fuente de regocijo para nuestros compatriotas. Es mucho más importante que un buen desempeño en el Mundial.