Apuntes de un viaje Buenos Aires Madrid Barcelona Madrid Buenos Aires
No confío en las bodegas de los aviones, porque sé que millones de valijas se pierden en las terminales aéreas del mundo con su carga multimillonaria de suéters, ositos de juguete, aritos para la secretaria y zapatillas de básquetbol. Pero esta vez me jugué, para tener las manos libres. Despaché valientemente el equipaje principal, de modo de sentirme ágil y liviano.
Pero, en las "manos libres", uno lleva: pasaporte, dólares, billetes aéreos, el boarding-card , cepillo de dientes, pañuelos, aspirinas, desodorante, dentífrico, colonia, un suéter, una campera, sus medicamentos diarios (típica, la pastillita de la noche, un enjuague bucal y un colirio) papeles de migraciones, alguna compra que realizó en el Free-shop. Yo lo pesé: el conjunto acusó en la balanza 6 kilos.
Luego vienen las caminatas de 1500 metros. Todo viajero busca su carrito. En Barajas, un empleado acarreaba 60 carritos. Le pedí: ¿Me deja uno? Respondió fastidiado: ¡No, estos son para los que se van! Busque usted en la otra sala...
Apenas se distrajo, le robé un carrito y huí como un delincuente, acompañado de mi esposa cómplice. Cargué mis cosas. Caminé el kilómetro, hasta la parada del tren, porque las aeroestaciones modernas tienen su propio tren interno, y lo exhiben con orgullo:
- Tendrá que dejar el carrito. En la siguiente sala habrá otros...
Descargué todos mis chirimbolos, los tomé en brazos y subí al tren. Pasaron diez minutos y llegamos a un sitio que era a la vez U, S, 36 y Zeta, con distintos colores. Acertó a pasar un empleado del aeropuerto: ¿Dónde debo bajar para volar a Buenos Aires?
- Baje en la Zeta.
- Ajá. ¿Y esa es la primera parada?
- No se preocupe, hay una sola parada. Todos van ahí.
- ¿Y entonces para qué ponen U, S, 36 y Zeta?
- No sé, hombre...
Llegamos a la estación. ¿Bajar o no bajar? Se oyó a una mujer en el parlante:
- Todos los pasajeros, abandonen inmediatamente el vagón.
Bajamos al instante. ¡Ahora, a buscar urgentemente un carrito! ¿Y si nos sentamos a descansar? Ya es tarde, el avión podría irse y ni siquiera sabemos dónde estamos.
Encontramos un carrito y cargamos nuestros bártulos. Caminamos miles de metros, a la par de otros aterrorizados turistas, hasta llegar a un control de pasaportes. Nos obligaron, otra vez, a dejar el carrito. Sacarse los zapatos, la chaqueta, los llaveros, la billetera, el abrigo, el reloj. Pasar por el scanner. Ser cacheado. Recuperar los bártulos después del scanner. ¡Buscar otro carrito!
Ahora, a caminar otra vez. No hay indicaciones. Los parlantes advierten: "No se harán anuncios por telefonía, estén atentos a las pantallas". Pero... ¿Cuál pantalla? Las hay miles, con número de vuelo, hora, compañía y destino: Moscú, Dublin, Málaga, Hamburgo, Kingston, Montevideo, México, Houston, Nueva York, Anchorage, Beijing. ¡Miles! ¿Cómo encontrar Buenos Aires? En los billetes que nos han dado no se especifica (como hacían antes) Puerta-Gate, número y sector. Nada. Hay que buscar en las pantallas. El turista debe auto-gestionarse, aunque no conozca siquiera el idioma del lugar, porque un aeropuerto no es un conjunto de esclavos dedicados a atender como si fueran pachás, a los cómodos viajeros obesos. Nada de eso. La gente de la aeroestación está ocupada y es impaciente. Tiene cosas que hacer.
Nos obligan nuevamente a dejar nuestro carrito (que vale oro) para trasladar a cargar a mano nuestras cosas en cada ascensor, cada cambio de área, cada control.
Llegamos derrengados, después de 2 horas y temiendo que el avión se vaya sin nosotros, a una enorme galería de 80 metros de ancho y dos kilómetros de largo. Allí se anuncian distintas puertas de embarque que responden a la indicación Zeta-1, Zeta-2, etc. Después de mucho andar, veo que Zeta-9 va a Zagreb. ¡Esto significa que estamos muy lejos del embarque a Buenos Aires, si vamos a seguir una lógica geográfica!
Por fin, cuando ya desesperábamos, encontramos Zeta-Buenos Aires. El vuelo parte a las 23.45 y son las 22. Hay sillones. Nos derrumbamos, para dar sosiego a los riñones.
Sabemos que es imprescindible comer algo, ya que el viaje total Barcelona-Madrid-Buenos Aires tiene una duración de 16 horas. Desde el instante actual hasta que las simpáticas azafatas nos sirvan una escudilla caliente de pollo o pasta, pasarán unas cuatro o cinco horas. Podemos desfallecer de inanición. ¡Y eso que sólo vamos a Buenos Aires! ¡Hay pasajeros con destino a Pekín, Vladivostok o Tacna! ¿Cómo estarán esos compañeros de cautiverio? ¿Serán esas pobres personas derrumbadas en el piso, que duermen con una maleta por almohada, tapadas con un abrigo, olvidadas del mundo? Tal vez. Siempre hay, en un aeropuerto, alguien que está peor que uno.
Por suerte, a sólo doscientos metros de mi sillón hay un bar al paso. Se trata de formar fila detrás de dos docenas de senegaleses, mejicanos, franceses y esquimales. Todos parados y con el semblante descompuesto de agotamiento. De pronto, se nos acerca un joven alto y delgado, muy serio, que aparentemente tiene algo que ver con las autoridades de algo.
- ¡Señores, esto está cerrado! ¡Ya no podemos atender! Tienen que ir al próximo bar, es en el 24.
- Pero... ¿El 24 qué?
- El 24, el 24... por allá.
Y señala un punto vago en la lejanía. Empiezo a marchar apurado con mis amigos senegaleses, esquimales y mejicanos. Luego de unos 1000 metros llegamos a otro bar. Formamos fila. Observamos que el bar no tiene mesas. Hay que esperar de pie hasta que nos toque el turno, tomar la bandeja, elegir un sándwich y una gaseosa, buscar entre los estantes confusos e iluminados algún otro comestible. Una señora revisa discretamente los sándwiches. El encargado la amonesta:
- ¡Por favor señora, no me toque usted los bocadillos! Si todos los van a tocar... quedarán estropeados.
- Es que no los toco, señor, sólo trataba de ver qué tienen adentro. Así, por fuera, no se ve... ¿Comprende?
- Comprendo, pero no los toque, señora, haga el favor.
Mientras la señora se pone colorada y casi solloza, yo llego a la caja. Pago con unos euros que milagrosamente conservé. Miro a mi alrededor. No hay mesas. Sólo unos mostradores para comer parado. Todos los pasajeros seguimos de pie, y con muy mala cara.
Desenvuelvo mi sándwich y, cuando le voy a dar el primer mordisco, se me ocurre mirar el reloj: ¡Las 23.45, hora de partida! Doy un trago a la gaseosa y salgo corriendo, sin comer. Cruzo los mil metros de galería en estado de pánico porque ya me han anunciado que "no se darán indicaciones por telefonía". A esta altura, mi avión tal vez se haya ido.
Llegué a tiempo, gracias a Dios. Otra vez de pie. Una larga fila de abordaje. Otra larga fila en la manga. Otra larga fila en los pasillos del avión. Cuando llegamos a nuestra butaca, en realidad es la 1.05. Tenemos hambre.
¡Oh sorpresa! Nuestros asientos no coinciden entre sí. La compañía aérea nos ha divorciado. Recordamos entonces que, ya en la partida, nos habían advertido que estos billetes (aparentemente una promoción, una promoción que no pedimos, un voucher para viajar colados en algún sitio de descarte) no tienen número. Sólo se puede obtener el número, y la correspondiente fila, 24 horas antes del viaje, y por Internet. El que no tiene computadora no viaja y no existe. Cuando (un día atrás) nos conectamos con la maldita compañía, una máquina nos "tiró" un número de butaca a mi mujer y otro a mí, pero totalmente alejados uno del otro. Una vez en el avión, imploramos a otros pasajeros que intercambiáramos butacas, para mantener nuestra pareja unida en el infortunio, después de tantas vicisitudes. Pero nadie quiso:
- ¡Hace dos meses que tengo reservado este asiento para viajar del lado del pasillo!- exclamó furiosa una señora. Sin duda, había pagado una tarifa especial que nosotros desconocíamos... ¡Nosotros, en nuestra inocencia infinita, siempre pensamos que nuestros asientos eran de los buenos! No la primera, no la Business, no la Premium, no la Ejecutiva. Sólo la Turística, nada más: la noble y modesta turística.
Finalmente, una señora (Patricia) que me escucha por radio desde hace treinta años, se compadece y me cede su asiento en trueque, de modo que mi mujer y yo podamos comentar las emociones vividas.
Cuando pregunto a mis amigos españoles a qué se debe la construcción de unos aeropuertos tan inmensos, como para que vuelen simultáneamente millones de personas, en los cuales se ven grandes salones vidriados y galerías de colores completamente vacías, cerradas o en desuso, me responden: "Este es un aeropuerto de tamaño dormitorio, es decir... los aviones duermen aquí, no tienen que marcharse a Francfort o Dallas. Por eso es tan enorme. Claro, para los pasajeros esto representa caminar y caminar".
Me pregunto: ¿En qué me beneficia a mí un aeropuerto-dormitorio? ¿En qué me beneficia tomar un tren dentro del aeropuerto, y ascensores desconcertantes, y galerías que marean, y bares cerrados, y filas de pie, y controles de equipaje?
No me beneficia en nada. Es una larga tortura. Con el detalle de que los torturados han pagado 2000 dólares per- cápita para ser hostigados, desnudados, escaneados, corridos, maltratados. Las medidas de seguridad -me dirán- son inevitables. Consecuencia del 11 de septiembre y el atentado contra las Torres Gemelas. De acuerdo, pero yo no bombardeé las Torres Gemelas.
Yo sólo quiero viajar, y estoy pagando mucho dinero para pasear por el mundo o visitar a mis familiares. Quiero ser atendido.
Sospecho que todo estaría mejor controlado en un aeropuerto pequeño, de medidas humanas, que volara a destinos cercanos y moderados. Todo andaría mejor (sospecho) si hubiera aero-estaciones en cada capital de provincia, vigiladas por la policía local, con gente más atenta y necesitada de su trabajo.
Los ingenieros que diseñan estos aeropuertos-monstruo, sin duda, cobrarán millones de euros, recibirán premios mundiales, y los funcionarios de gobierno quedarán muy orgullosos cuando la mole horrible, con diseño que recuerda a un pájaro depredador, aparezca en la tapa de Fortune o del Wall Street Journal . Muy bien. Pero nosotros, los viajeros, el proletariado que con su sangre y sus dos mil dólares per- cápita sostiene todo el sistema... ¿Qué ganamos?
Todos viven de nosotros; las azafatas, los comisarios, los pilotos, las chicas del Free-shop, los policías de seguridad, los guardias con sus perros antidrogas, los dueños de los carritos y los operarios del tren fantasma. Todos. Deberían recordar las palabras del presidente uruguayo José Mujica, cuando reprendió a los huelguistas de una petrolera estatal: "Ustedes están para servir, no para servirse".
Es la esencia de la democracia. Los funcionarios públicos y privados deben servirnos a nosotros (el proletariado aéreo) en lugar de lucrar con nuestra angustia y nuestro desconcierto.
Si la aviación comercial no vuelve a su esencia de servicio, le pronosticamos un rápido final. Capotará. Y volveremos a los barcos, que llegan más tarde pero nos llevan cómodamente y nos rodean de atenciones. Como corresponde, teniendo el cuenta lo que vale el boleto. Finalmente, no tenemos tanto apuro: sólo se trata de vivir.
Un agregado. Agradecemos el genio de Steve Jobs y el talento de Bill Gates, pero la mitad de las computadoras existentes deberían volar a la basura. O mejor aún: regalen esas máquinas a los colegios y escuelas, para que los niños estén mejor preparados, de cara al mundo que viene. Las computadoras, como están funcionando hoy (dictadoras ciegas y sordas del comercio humano) entorpecen a miles de personas que ya eran torpes antes de tocar un teclado.
Todo esto forma parte de una perversión que podríamos denominar ciber-mundo, regida por nuevas normas, teóricamente muy prácticas.
Por ejemplo: el viajero llama por teléfono, para reservar tres noches en un hotel de Nueva Orleáns. Pero la línea lo conecta, en realidad, con un call-center. Esto es: una oficina con veinte jovencitos de ambos sexos, ubicada en Córdoba (Argentina) Manila o Tegucigalpa. Estos chicos que despachan en el teléfono, y que cobran 400 dólares por mes, sólo leen lo que aparece en una pantalla. Ellos no conocen el hotel de Nueva Orleáns, ni tampoco otros establecimientos para los que trabajan, como un restaurante en el Pirineo Catalán y un Spa en la Patagonia. Por lo tanto, no saben si los pasajeros alemanes del segundo piso se levantan temprano, utilizan la piscina o piensan prolongar su estadía. No saben nada. No pueden ayudar a nadie. Precisamente: no pueden "servir". Sólo leen lo que está en la pantalla. Ignoran si el sol da sobre las habitaciones del lado Este y, por lo tanto, las hace más calurosas. Desconocen cuáles son las más cercanas al desayunador, cuáles las que tienen baño en suite. Incluso ignoran lo que es "baño en suite". Pertenecen a una generación que depende de las computadoras y las pantallas. No ha sentido nada en la propia piel. Más aún: los adolescentes que "trabajan" en los call-centers del mundo no sienten el menor interés por el hotel, el restaurant, la universidad, el centro de conferencias o el prostíbulo coreano para el que han sido -indirectamente- contratados. Sólo quieren que se cumplan las 8 horas de trabajo para escapar a sus casas y a los brazos de su novia. No saben qué pretenden los señores alemanes, argentinos o chilenos que llaman por teléfono. Ni cuáles son sus problemas. Ni cuál es el sitio donde esos problemas tendrían lugar. Son jovencitos que transmiten mensajes. Por ejemplo, a las 3, lo siguiente: "Señor Fernández, despierte y vaya a pagar su deuda al señor González". Todo dentro de la mejor tradición del estilo caballeresco... ¡Una exquisitez!
Esto es parte de lo que hoy se llama "tercerización". Una despiadada manera de lavarse las manos.
El año pasado, saqué un pasaje a Barcelona, para un día viernes y, al cabo de una semana, los propios empleados de la compañía me comentaron distraídamente que mi vuelo había sido cancelado: en consecuencia, no volaría el viernes por la noche sino el día miércoles anterior, por la mañana.
- ¡Pero no puedo viajar ese día! -protesté- Hay nada menos que 48 horas de diferencia... yo tengo compromisos, permisos de licencia, contratos que cumplir.... ¿Cómo se atreven a hacerme esto?
- No fuimos nosotros, señor. Fue el sistema - me respondió una chica rubia de dulces ojos verdes, que habría trabajado muy bien en los portales de Auschwitz.
Pase lo que pase, ellos nunca fueron. Fue el sistema. Qué mal sistema... ¿En qué momento lo habremos elegido?