Lo mejor del equipo se vio en los laterales en zona defensiva y en el olfato de gol de los delanteros: los dos de arriba festejaron.
JOHANNESBURGO.- Camino a los cuartos de final, además de ubicarse entre los mejores ocho equipos del Mundial quedaron detalles positivos en lo futbolístico que es bueno resaltar. Mensajes del juego que invitan a una repetición el próximo sábado frente a Alemania. Si se corrigen los aspectos por mejorar y se reafirman los puntos efectivos, la puerta de la semifinal tal vez se abra con mayor facilidad ante un rival tan complicado como el que se tiene por delante.
Si bien la defensa sufrió algunos problemas de acoplamiento en su zona central, los laterales rindieron: con garra, fuerza y entrega, anularon muchos avances de México, que intentó lateralizar la pelota como uno de sus fuertes en ofensiva. Pero, por la izquierda, el equipo de Javier Aguirre se encontró con la agresividad en la marca que habitualmente entrega Gabriel Heinze, en su mejor partido en lo que va del torneo. Además del quite, el entrerriano aportó dos despejes cerca del arco de Sergio Romero, uno de ellos sobre la línea, en momentos en los que los mexicanos habían descontado e inquietaban la valla argentina. El Gringo es el que muestra más personalidad y temple, más allá de su fuerza desmedida, que lo tiene siempre jugando en el límite. Ayer estuvo bien complementado por Nicolás Burdisso.
Del otro lado, por la derecha, Nicolás Otamendi también cumplió. Queda en evidencia que aporta mucho más marca que Jonás Gutiérrez, que en el primer partido ante Nigeria había mostrado algunas fallas en esa zona de la última línea. Es que Jonás no siente el puesto con la misma naturalidad que el actual defensor de Vélez. Alemania, el rival en cuartos de final, tiene una de sus mejores cartas en ataque por su sector izquierdo de ofensiva, con el talento de Lukas Podolski. Las dos actuaciones de Otamendi permiten pensar en un interesante duelo y ser optimistas.
Del otro lado del equipo, en la ofensiva, la Argentina tuvo una virtud que provoca la envidia de cualquier entrenador del mundo hacia Diego Maradona. Sana envidia: que los dos delanteros del equipo conviertan. Es fundamental para un equipo que los defensores cubran la última zona, los mediocampistas corran-marquen y distribuyan el juego y que los delanteros se conecten seguido con la red. Antes de llegar a Sudáfrica, en el imaginario colectivo estaba una formación titular de la Argentina sin Carlos Tevez de titular, con Lionel Messi de punta junto con Gonzalo Higuaín. Paulatinamente, con su entrega habitual en las prácticas y con expresiones públicas al respecto, Tevez fue ganando la pulseada para finalmente convencer al entrenador: se ganó un lugar en el equipo del debut ante Nigeria. Pasaron los africanos, pasó Corea del Sur, llegó descanso con Grecia. Se fue la primera rueda y el delantero de Manchester City no había dado señales de ser el hombre que brilló en la Premier League esta temporada.
Tevez se vistió del Apache. Un gol con el overol de oportunista y otro con el smoking de los cracks. Dos tantos para ganar confianza propia y devolver la que tuvo el entrenador hacia él. Con el plus que el otro gol lo anotó Gonzalo Higuaín, en una exquisita definición de esas que se le vieron a lo largo de la temporada en Real Madrid. Pipita jugó tres partidos y anotó en dos. Yendo más atrás en el tiempo, en los dos últimos partidos de eliminatorias sus números fueron buenos, con un tanto en dos partidos: el gol de local ante Perú. Para Higuaín, las matemáticas cierran y es el goleador de certamen con cuatro tantos. Para Maradona, los nombres en ataque son fructíferos. Para los alemanes, una preocupación.
A veces, los triunfos en el fútbol responden a causas aleatorias, a factores que no son una consecuencia directa del desarrollo. La Argentina puede presumir de haber ganado partidos sin haber dejado margen de duda respecto de su superioridad sobre el rival y otros no tanto.