Exótico, exclusivo, paradisíaco. Todo lo que se diga de este archipiélago es poco, especialmente después de bucear entre tiburones, dormir en lujosos hoteles sobre el agua y tatuarse a lo maohí
PAPEETE.- El barman se ríe de los turistas. Dice que las mujeres locales usan una flor en la oreja derecha cuando buscan novio y en la izquierda cuando están casadas. Un italiano prueba suerte con una soltera, pero fracasa por confiado: las mujeres de hoy usan la flor del lado que más les guste. El barman se ríe.
Hay costumbres y hay leyendas. Uno se confunde, sobre todo de noche, después de unas Hinano. Esta cerveza típica de la Polinesia Francesa tiene como emblema una vahine, diosa del amor según la creencia popular. La imagen aparece también en postales turísticas. Sus representantes esbeltas se muestran con el torso desnudo. Siempre atrajo a los viajeros, pero hace tiempo que es sólo un ícono. Porque ya no se ven exploradores: sólo llegan parejas, unas pocas familias y algún italiano confundido.
La atracción que no cambia es el mar: el que llega hasta acá sabe que jamás volverá a ver algo parecido. Eso no es cuento. Por su variedad de azules, verdes y turquesas, el lugar se ha convertido en uno de los destinos más buscados en el universo. También por lo exótico y lo lejano. Del otro lado del mundo, según el planisferio occidental, tiene motivos de sobra para haberse transformado en la mayor aspiración de quienes sueñan con palmeras.
El arribo es en el aeropuerto de Papeete, capital de Tahití, la isla más grande de los cinco archipiélagos que conforman esta región semiautónoma de Francia, en el Pacífico Sur. Uno suele pasar un solo día en esta ciudad; con embotellamientos y bocinazos, Tahití no es la Polinesia soñada. La misma está enfrente, a siete minutos de avión, o treinta en ferry. Su nombre es Moorea, una isla que, después de Bora Bora, es la más buscada por los visitantes.
Aventura entre dientes
Desde la cubierta del ferry se ven delfines, que hacen piruetas como bienvenida. Hay más de cien en el área, que veremos luego en un paseo en lancha, tal vez el más sorprendente que se pueda hacer en unas vacaciones. Sólo aquí, animales tan lindos como los delfines quedan relegados por otros más llamativos.
La excursión comienza a media mañana. No se realiza antes porque al amanecer, explican, los tiburones desayunan. Harold muestra sus manos. "No me falta ningún dedo, ¿o sí?", bromea para convencer a los viajeros de que el riesgo es "mínimo". ¿Mínimo? ¡Son tiburones! La propuesta de nadar junto con ellos despierta más dudas que convicciones.
Una vez anclados, su compañero, Oscar, ingresa al mar con trozos de pescado. Los demás bajamos en fila india, con patas de rana. Se ven unos peces payaso cerca del fondo, hasta que Oscar lanza la carnada y se borran las sonrisas. Ahora sí: estamos en mar abierto rodeados de tiburones.
Afuera del agua se distinguen las primeras aletas, amenazantes. Debajo, grandes mandíbulas se aproximan: veinte metros, diez, cinco... Cara a cara, sólo una máscara de snorkel nos separa de escualos grises más grandes que nosotros. ¿Cuál es el atractivo de semejante atrevimiento?, se cuestiona uno mientras oye sus propios latidos. La pregunta en realidad es qué hago acá.
Dicen que los peces de la zona están habituados a los buceadores. El argumento es endeble para el temor generalizado, pero la tranquilidad llega en pocos minutos, cuando uno se acostumbra al azul marino. "Con ustedes, el océano", parece decir Eric mientras señala otras especies que se mueven en la inmensidad.
Más que un punto extravagante en el anecdotario de viajes, éste es el encuentro con un mundo casi desconocido, que aquí se luce como en poquísimos lugares del planeta. El sol pega sobre el agua transparente y la luz baja en forma de cortina, hasta los corales del fondo, a treinta metros de profundidad.
Navegar es la mejor forma de interpretar la gama de colores. Como en gran parte de las 118 islas de la Polinesia, la gran diferencia es determinada por una barrera de coral, generalmente a su alrededor, que divide las aguas. Del lado externo quedan los azules del Pacífico; del interno, el turquesa baña las costas. A este último sector lo llaman laguna, porque siempre está en calma.
Esta particularidad del paisaje ayuda a comprender también la construcción, sin temor a los tsunamis, de esos hoteles símbolo de la Polinesia. Con cabañas sobre pilotes, aprovechan la tranquilidad del mar para ofrecer un servicio único: dormir sobre el agua, en habitaciones con balcones privados, que ofrecen zambullirse desde allí directamente en la piscina natural. Estas cabañas, que cuestan desde 800 dólares la noche, suelen tener parte del piso transparente, para disfrutar del mundo submarino también desde la cama.
En un sector de la laguna se ancla por segunda vez. Cuando uno piensa que ya superó con creces la prueba de valor, llega el turno de las rayas. El guía baja nuevamente con comida. Es un sector de apenas un metro de profundidad. Desde la cubierta se ven llegar decenas de estos peces cartilaginosos, que se confunden con la arena y vuelan directamente hacia las manos de Oscar.
Es fundamental no pisar las colas extensas de estos animales con aguijones mortíferos, que sólo utilizan cuando se sienten amenazados. También es importante saber cuándo es exactamente que se sienten amenazados, ya que no hay espacio para malas interpretaciones.
Pero las rayas intentan socializar: no sólo se acercan, también se trepan de manera curiosa a los cuerpos de los humanos sorprendidos. Aunque son de lo más amigables (mejor tenerlas de amigas), sus colas nunca dejan de intimidar.
La vuelta a la isla invita a sumergirse también entre corales y ver desde el agua las montañas de Moorea, con picos de hasta 1260 metros que se destacan entre la gran vegetación. El más importante es Mou?a Puta, traspasado por una lanza del guerrero Pai, según la leyenda, en su batalla contra el dios Hito. Fairurani es otra montaña curiosa. Con forma de Pan de Azúcar, como la definió el escritor belga George Simenon, su imagen aparece en las monedas de 50 francos polinesios.
También la superficie
Desde el restaurante del hotel se distinguen las olas que rompen a los lejos, sobre arrecifes de coral. Todavía hay luz, porque la comida se sirve al atardecer, en horario de viajeros europeos y norteamericanos, que son mayoría. Más del 80 por ciento de los pasajeros son jóvenes parejas en luna de miel.
La buena relación con los peces no evita que uno se deleite con la gastronomía local, justamente basada en rayas, atunes rojos y mahi-mahi. Muchos se comen crudos, con limón y leche de coco. Pero la especialidad de la zona es el tama´ara´a, una especie de curanto que se cocina en un pozo con piedras ardientes. Suele tener cerdo, pescado, frutas y verduras, todo cubierto con hojas de bananero.
Este tipo de cocina se muestra en el Tiki Theatre Village, un complejo curioso, con exhibición de actividades típicas y un anfiteatro a orillas del mar. La propuesta es recorrer tiendas precarias, donde se muestra la confección de telas y artesanías, y parte de la forma de vida tradicional. Hay además espacio para reproducciones de Paul Gauguin, que vivió en Tahití e Islas Marquesas y tuvo a su mujer, Tehura, como musa lugareña.
La villa es algo kitsch, pero como no hay mucho que hacer en las noches isleñas, reúne bastante gente. Lo más simpático es tal vez el dueño, Olivier Briac, un francés que fue coreógrafo de Moria Casán en el Teatro Tabarís y es una especie de Fitzcarraldo, el personaje de Klaus Kinski, instalado en la Polinesia. Aquí armó este proyecto, que tiene un megashow con danzas típicas como punto culminante.
El tama´ara´a es servido en formato buffet. Se come mientras un hombre y una mujer muestran las mil y una formas de ponerse un pareo. Ella lo hace en forma elegante; él, simpático y en sunga, quita un poco el apetito.
Para el día siguiente uno puede optar por una excursión en cuatriciclo, buena manera de conocer la isla. Hay una única carretera, casi siempre por la orilla. La vuelta completa a Moorea es de 60 km. Manoel, el guía portugués, mide la habilidad de los conductores para meterse o no en pendientes atractivas, que llegan hasta miradores impresionantes. Es una manera de conocer los campos de ananás, árboles llorones y la vida en el interior. El circuito dura tres horas. Es decir, tres horas sin playa. El camino es muy atractivo, pero la decisión es difícil de tomar.