Tengo una carta de mi amigo Jorge Taiana, que dice las cosas que tiene que decir un caballero: que se retira por motivos personales. Lo demás, para mí, es hojarasca. Aníbal Fernández no se corrió un centímetro del manual del buen vocero cuando de pasar el mal trago lo más rápido posible se trata. Como si la ríspida conversación telefónica entre Cristina Kirchner y el ex canciller no hubiera existido. Como si el enojo presidencial por las diferencias respecto de Botnia y del diálogo con algunos medios no hubieran sido determinantes.
El sorpresivo recambio en la Cancillería no sólo recuerda otras renuncias tan traumáticas y sintomáticas como la de Taiana de los últimos siete años. También deja al descubierto una paradoja que lleva la inconfundible estampa de los Kirchner: la tendencia a sostener a los leales casi a cualquier precio.
Que Julio De Vido hizo podio con la salida de Taiana (que para el sitio web de Presidencia sigue siendo el canciller) es evidente. La retirada demostró que el poder del ministro de Planificación está intacto. Y que ni el revivido debate por la embajada paralela en Venezuela, ni las supuestas coimas para comerciar con el país de Hugo Chávez, ni la libertad del más pingüino de los ministros para manejar la relación con Caracas a sus anchas, preocupan demasiado a la Casa Rosada.
Así, en la semana que pasó, el ministro más cuestionado de los últimos años reivindicó sus amplios dominios informales y su lugar de mandamás indiscutido de Planificación.
El esfuerzo titánico de Aníbal Fernández por convertir el portazo de Taiana en una "amable decisión personal" es estratégicamente entendible desde la óptica del poder, pero infructuoso en sus efectos. Esperar que un funcionario se plante frente a un micrófono y reconozca que un funcionario se fue cansado del mal trato, las desautorizaciones o el recorte de poder es, por lo menos, ingenuo.
En este punto, la salida de Taiana trae a la memoria la de otros kirchneristas de la primera hora (y no tanto) que renunciaron en medio de crisis determinantes para los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. En todos los casos se habló públicamente de "motivos personales", mientras en la trastienda se discutían los motivos verdaderos.
El caso tal vez más emblemático sea el de Alberto Fernández, que pasó de las exclusivas tertulias en Olivos y El Calafate a las críticas severas a su ex jefe político. Su reemplazo por Sergio Massa es una de las postales más elocuentes del largo conflicto con el campo y de la incapacidad de los Kirchner para volver sobre sus pasos cuando una decisión, como la de las retenciones móviles, se convierte en detonante de una crisis impensada.
Fernández se despidió con una carta de cuatro párrafos cargados de dramatismo y contenido político. Sin medias tintas y después de una tarde cargada de versiones cruzadas, el hombre que durante años se había definido como el disco rígido de la gestión kirchnerista le pedía a Cristina Kirchner que renovara su gabinete. "La certeza de que se abre una nueva instancia en su gobierno, en el cual usted pueda contar con un nuevo elenco de colaboradores para enfrentar la etapa, me impulsa a poner en su consideración mi renuncia con el sano propósito de facilitarle la selección de sus equipos de trabajo", decía el tramo más significativo del texto.
El Ministerio de Economía, la cartera que más cambios acumuló en la era kirchnerista (pasaron seis de los 31 ministros que conforman la historia de los gabinetes K), registra antecedentes memorables.
Roberto Lavagna fue expulsado en noviembre de 2005, un mes después del triunfo de Cristina Fernández en las legislativas de ese año. Kirchner decidió ponerle fin a casi tres años de "cogobierno económico" y asumir él solo (más allá de los sucesores de Lavagna) la conducción de la economía nacional.
Era un lunes caluroso de fines de noviembre. Los rumores de cambios en el gabinete atravesaban la escena política. Y la forma de comunicarlos fue un intento (fallido) de reducir el impacto de la salida del hombre que se había hecho cargo de Economía tras la crisis de 2001 después de la gestión de Remes Lenicov.
Alberto Fernández convocó a una conferencia de prensa en la que habló rápido, sin aceptar preguntas. "El Presidente me ha encomendado que transmita a ustedes los cambios que se van a producir en el gabinete nacional que incluyen los casos de funcionarios del gobierno nacional que han sido electos diputados y senadores y algún otro caso más", comenzó Fernández. Enseguida, enumeró los reemplazos de Rafael Bielsa por Jorge Taiana en Cancillería; de José Pampuro por Nilda Garré en el Ministerio de Defensa y de Alicia Kirchner por Juan Carlos Nadalich al frente de Desarrollo Social. El "algún otro más" con el que Fernández había abierto su corto aviso era el punto neurálgico del anuncio: la salida de Lavagna del Palacio de Hacienda.
De Economía también se fue Felisa Miceli, eyectada por el insólito escándalo de la bolsa con 100 mil pesos y 31.670 dólares que la policía encontró en el baño de su despacho. Martín Lousteau pagó el error de haber ideado las retenciones móviles. Como Alberto Fernández, fue víctima de los "daños colaterales" del largo conflicto con el agro.
En el universo de los intocables (y leales, claro), De Vido es el rey. Pero no está solo. Carlos Tomada y Alicia Kirchner juraron en 2003 y siguen firmes en sus ministerios. La hermana del ex presidente sólo dejó el ministerio unos meses en 2005 y el jefe de Trabajo estuvo en la cuerda floja más de una vez, pero la sangre nunca llegó al río. Aníbal Fernández, otro de la primera hora, ya dio muestras acabadas de su flexibilidad para correrse al ministerio donde más se lo necesite y de su capacidad para defender al Gobierno en cualquier frente.
Miembros de un grupo selecto en medio de un mar en el que la rebeldía, los cuestionamientos y hasta las discrepancias se pagan caros.
Por Lucrecia Bullrich
De la Redacción de lanacion.com