Polokwane, invadida por argentinos; algunos durmieron en el hotel de la selección, otros, en autos alquilados; desfilaron políticos y figuras de la farándula.
POLOKWANE.- "¡Es Highlander, Highlander!" Luis Devoto se abrazaba con su hermano Adrián, con la sabana infinita de testigo, a la salida del Peter Mokabe Stadium. Llevaban la misma camiseta: azul y oro, el 9 en la espalda y un nombre escrito arriba que se oía como un eco en la caravana de argentinos que se adentraba en la noche.
Los dos hermanos habían llegado a la tarde y los esperaba una madrugada atípica: dormir en el auto dentro de un garaje que le alquilaron por 400 rands ($ 200) a un hombre que conocieron en la calle. Como cientos de los que hicieron los casi 300 kilómetros desde Johannesburgo o Pretoria, no consiguieron hospedaje en este pueblo grande, fuera de cualquier circuito turístico y cerca de la frontera caliente con Zimbabwe.
Todo valió para acompañar a la selección: unos viajaron cinco horas en unas combis destartaladas, otros negociaron dormir en el comedor de una casa de familia; están los que desafiaron el sueño y volvieron de madrugada a las ciudades en donde viven el Mundial? No se oía siquiera una queja en el descampado inhóspito que rodea el estadio.
La fiesta argentina tiñó Polokwane desde temprano. En un centro chiquito, los recién llegados ensayaban una invasión. El hotel donde paró la selección, un hospedaje humilde en la diplomática esquina de Thabo Mbeki y Presidente Kruger, fue el polo de atracción. Decenas de hinchas consiguieron habitación ahí; otros intentaron usar el estacionamiento como camping para casas rodantes.
El equipo intentaba pasar la tarde en paz, pero el lobby hervía: cuando empezó Sudáfrica-Francia, un centenar de argentinos y el personal local del hotel se unieron en el aliento a los Bafana Bafana. Hubo explosiones de cantos y vuvuzelazos con los dos primeros goles: unos soñaban con pasar; los otros vislumbraban un rival amigable para octavos.
Enfrente, en el bar Sisonke, tres sudafricanos embanderados de celeste y blanco sufrían con su selección. Cinco argentinos les enseñaban canciones de cancha. No hubo caso. El español les cuesta horrores a los lugareños. Bueno, como a los argentinos cuando intentan el sesotho, el idioma más hablado al norte de Johannesburgo.
Aun con la tristeza de la eliminación sudafricana, los vendedores de banderas tomaron los caminos al estadio. Esperaban este partido desde hace meses: es el tercero de los cuatro que se jugarán aquí y el que atrajo más público. En un par de días, tras Paraguay-Nueva Zelanda, el Mundial será un recuerdo en Polokwane.
Las calles se poblaron de buscadores de negocios. "Paramos en la casa de una familia que nos ofreció habitación para cuatro, con comida y televisión de plasma, por 1000 ($ 500) rands. Nos tratan como reyes", contó Pablo Portela, que vino desde Villa Gesell.
Cerca de él, Santiago Perón, de Adrogué, se alegraba de haber conseguido lugar en uno de los hospedajes construidos a las apuradas en plena sabana para contener el aluvión de turistas. Que en realidad sólo ocurrió tres días, cuando hubo partido. Los locales empiezan a preguntarse quién llenará esas camas ahora.
El Peter Mokaba, de 40.000 asientos, parece de lejos una montaña iluminada en medio de la nada. Salió 200 millones de dólares y se levanta frente al antiguo estadio local, de igual nombre (aquí lo llaman el "Peter", a secas). Una placa recuerda que allí debutó en su selección Didi Drogba.
"De acá nos vamos a Swazilandia. Le vamos a llevar una bandera al rey", relató Sebastián Taboada, que entraba en el estadio con su padre y dos amigos. Un muchacho disfrazado del burrito de un té digestivo intentaba sortear las estrictas restricciones de la FIFA contra la publicidad encubierta. Estaba lleno de hinchas con caretas de Messi, un furor. Llegaron los barras: de Independiente, la mayoría. También se lo vio a Eduardo Duhalde y hubo un desfile de figuras de la farándula. A 100 metros de la puerta, un grupito de cuatro argentinos vendían entradas a 500 rands a fanáticos sudafricanos. "Necesitamos plata para seguir", se justificó uno.
Los 90 minutos mostraron al fin un fervor de cancha argentina. Los cantitos les pelearon mano a mano a las vuvuzelas. Incluso en un partido trabado, que invitaba a buscar rimas imposibles para insultar al tal Papastathopoulus. Pero hubo premio para los aventureros de la sabana. El rebote de Demichelis, primero. Y ese segundo gol que hizo saltar lágrimas en las tribunas de un estadio en el que tal vez nunca más se juegue un partido tan trascendente y en el que un día alguien decidirá poner una placa en homenaje a otro goleador de proporciones novelescas.