JOHANNESBURGO. Pasó la primera mitad del Mundial. Tras los primeros 32 partidos, solamente dos seleccionados quedaron eliminados: Camerún y Corea del Norte, vapuleada por Portugal.
Debido al entusiasmo generado por el 1-2 ante Brasil, el régimen de Kim Jong Il había autorizado la transmisión en directo del duelo ante Cristiano Ronaldo y compañía. El pueblo norcoreano acabó viendo una versión futbolera del 007. Sin embargo, CR 7 recién apareció después del 3 a 0. Marcó tanto decorativo, el sexto, con malabarismos dignos de un comercial de Nike. Mostró su envase, pero aún no hemos visto su contenido. Carlos Queiroz tocó las teclas correctas. Armó un 4-3-3 puro y duro. En el centro del campo, sacó a Deco y puso a Tiago, un mediocampista con quite, pase y llegada. En el ataque, le dio la titularidad a Simao, un extremo peligroso con buena media distancia, y a Hugo Almeida, un "9" con más presencia que Liedson. Los cambios mejoraron el funcionamiento del equipo. El débil rival hizo el resto y se armó la fiesta del gol con seis anotadores diferentes. Sólo repitió el excelente Tiago.
Colectivamente, Chile es uno de los equipos que más me ha gustado. Hay una exacta proporción de espacios, funciones y responsabilidades para cada futbolista. Ataca permanentemente sin prescindir de la defensa. Superó a un rival que defiende permanentemente y prescinde del ataque. Helenio Herrera lo hizo famoso en Italia, pero en realidad el catenaccio se inventó en Suiza durante la década del 30. Lo impuso el DT austríaco Karl Rappan, quien en la época del festivo 2-3-5 diseñó un sistema con cuatro defensores y marcas personales. En 2010, el seleccionado helvético le ha rendido un homenaje a Rappan. Así llegó al récord de imbatibilidad en Mundiales. La injusta expulsión de Behrami (ni amarilla era, pésimo arbitraje del árabe Al-Ghamdi) profundizó su proyecto conservador. Las decisiones de Bielsa influyeron en el partido. El golazo chileno, que nace con pelota jugada desde el arquero, incluye pase profundo de Valdivia, desborde de Paredes y cabezazo de González, los tres jugadores que ingresaron en el segundo tiempo. Nunca modificó el 3-3-1-3 marca registrada. La Roja volvió a padecer su falta de contundencia. El puntaje perfecto no le garantiza la clasificación. Aunque le sirva el empate, sabemos que atacará a España. Nunca un equipo de Marcelo saldrá a no perder. No sabe y, sobre todo, no se lo permitiría.
España ganó, pero debió haber goleado. Sin Iniesta y sin Silva, Vicente Del Bosque apostó a un 4-2-3-1 con Navas de puntero derecho y Villa sobre la izquierda. La flamante figura de Barcelona aprovechó ese novedoso lugar para hacer daño. El perfil invertido le permitió enganchar hacia el medio y definir con la derecha. Así llegó su golazo. Fue el hombre del partido. Marcó el segundo, debió haber sido expulsado por pegarle un cachetazo a un rival y erró un penal. Honduras amontonó gente atrás, pero no se defendió bien. Luego asumió riesgos y se expuso al contraataque. Pero España no jugó simple en los últimos 20 metros. Se regodeó en el toque cuando se imponía la gambeta o el tiro. Por eso no goleó.
32 se fueron, 32 quedan. Comienza la segunda mitad. Ahora sí, arranca el Mundial.
Por Juan Pablo Varsky
Para LA NACION
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