Yo ya jugué lo que tenía que jugar, ahora espero sentado. Pepe Mujica soltó la frase, empapada de su habitual tono familiero y futbolero hace siete días, ya con el Mundial como telón de fondo. Una semana más tarde, aquel aviso con sabor a advertencia se vuelve una síntesis de los zigzagueos que el conflicto con Uruguay por Botnia vivió en la última semana.
Hubo movimientos bruscos en un tablero que estaba estancado hace meses. Hubo ataques y contraataques. Hubo ganadores y perdedores. Hubo hasta estrofas de tribuna, aunque sin vuvuzelas.
Mujica demostró que es un negociador hábil. Un estratega. Un tiempista de esos dispuestos a ceder en parte para alzarse con el verdadero botín. Mientras la Casa Rosada avanzaba con la denuncia contra los asambleístas, el oriental hablaba de "ofrecer garantías para generar consensos". Sin más detalle. Sentado en el banco y dejando que la pelota rodara siempre en campo argentino. "Esto lo tienen que resolver ustedes", le había dicho a Cristina Kirchner en la cara la última vez que se vieron en Colonia.
Esperó que la asamblea de Gualeguaychú empezara a discutir la posibilidad de suspender el corte para poner su mejor carta sobre el paño. Recién 24 horas antes de la reunión en la que los vecinos finalmente decidieron levantar la barrera que desde fines de 2006 parte en dos la ruta 136, anunció que estaba dispuesto a aceptar y promover controles del impacto ambiental puertas adentro de Botnia. Justo a tiempo para inclinar la balanza del debate entrerriano, atravesado desde hace meses por el amargo sabor de la pérdida de apoyo de un reclamo que el Gobierno pasó de fogonear como "causa nacional" a querer enterrar para siempre bajo una denuncia penal.
Habrá que ver qué pasa el 19 de agosto, cuando venza la tregua. Mujica podría quedar en la historia como el presidente uruguayo que resolvió la disputa por el corte (no por Botnia) en tres meses. El mismo conflicto que fue un lastre irresoluble que consumió la gestión de Tabaré Vázquez sin soluciones. En el camino, Mujica también tuvo que ceder. Su apoyo crucial para la unción de Néstor Kirchner en la Unasur le valió un cimbronazo interno de proporciones.
De este lado del Río de la Plata también los Kirchner hacen cuentas. Igual que Mujica, Cristina podría ganarse un lugar en la historia, aunque el mérito sea en su caso al menos discutible. Su aporte (el de su marido en realidad) habrá sido primero impulsar el reclamo contra Botnia y convertirlo en tribuna y cuatro años más tarde pretender desactivar el bloqueo con una denuncia contra 10 asambleístas. Todo sea por preservar el progresismo en su inédita versión kirchnerista.
Más allá del contraste elocuente, hay un dato insoslayable. Si vencido el plazo votado anteayer los asambleístas no lograran reinstalarse sobre la ruta, Kirchner habrá ganado un logro para poner en juego en su lucha por reconquistar a la ofendidísima clase media. Si el libre paso a Uruguay se traducirá en votos es difícil de vaticinar.
Entre los presidentes, los balances y los cálculos de rédito político, los asambleístas. Esos hombres y mujeres que en 2004, cuando Botnia no era más que un jugoso proyecto económico para Uruguay, empezaron a reunirse para reclamar. Los convocaba el miedo, un sentimiento que, cuando no paraliza, es muy poderoso.
La amenaza de sufrir en carne propia los efectos de una contaminación que vislumbraban evidente, y el compromiso que abrazaron desde entonces, los convirtió en "los asambleístas", ese nuevo actor social que, más allá de los atriles, convirtió la protesta contra una planta de celulosa en una pequeña ciudad entrerriana en una verdadera causa nacional. Suyo es el mérito de haberle dado voz y visibilidad a un problema local que devino en un conflicto binacional sin precedente.
Los asambleístas. Desde la cruda mirada de los resultados, pareciera que para los vecinos de Gualeguaychú todo es pérdida. El fallo de La Haya les dio la razón respecto de que Uruguay había violado un tratado internacional, pero no ordenó ningún castigo para el infractor. Desde hace una semana, cargan con el peso de la denuncia de la Casa Rosada en su contra. El monitoreo conjunto suena bien. Pero mientras siga siendo una construcción que nada dice sobre su alcance y protagonistas, no será más que eso: una fórmula vacía. Desde mañana, habrán perdido el corte, su única herramienta de presión, su poder de fuego. Por los próximos dos meses tendrán que sentarse a esperar. Como hizo Mujica.
Por Lucrecia Bullrich
De la Redacción de lanacion.com