Sombras detras de lo que pretende ser la fiesta mayor del fútbol
Le debo al fútbol grandes alegrías y también me ha proporcionado enormes tristezas. Las he vivido en la tribuna y también jugándolo (en canchas de once, de siete, de cinco, en potreros legendarios, en pisos posibles e imposibles, de césped, de tierra, sintéticos, de cemento). Fui, como espectador, a todas las canchas del país y a varias del exterior. Hice grandes amigos gracias al fútbol y pude compartir momentos entrañables, también gracias a él, con personas con las que jamás hubiera tenido coincidencias en otros planos. Me encargué, con constancia, de que mi hijo Iván fuera hincha de River, como correspondía, y hasta vi cómo se convertía en un jugador mucho más dúctil y habilidoso que yo. Esa función paterna la cumplí.
A las diferentes instancias en las cuales el fútbol tocó mi vida, le debo varios hijos y hermanos del corazón. Y con algunos de ellos ni siquiera nos une la pasión por la misma camiseta. Tuve la fortuna de conocer y entrevistar un par de veces a Dante Panzeri, un hombre moral, y de leer repetidamente, siempre con asombro y deleite, su perenne Fútbol, dinámica de lo impensado . Y su pluma, como las de Félix Frascara, Borocotó y Pepe Peña, contribuyeron desde El Gráfico a hacerme disfrutar desde chico de las buenas lecturas. En muchos partidos a los que asistí vi bellas coreografías a cargo de inspirados intérpretes, asistí a notables despliegues de inteligencia, a sublimes muestras de solidaridad y de cooperación. Y fui testigo de actos de egoísmo, de trampas groseras, de estúpidas violencias. Comprobé, en fin, que se juega como se vive.
Por estos motivos, y otros similares, cada cuatro años, hacia mediados del año, me invade un creciente malestar. Y va de mal en peor. Ocurre cuando veo que se presenta como Campeonato Mundial de Fútbol a un evento económico y político que ya casi nada tiene que ver con este hermoso deporte y que, impunemente, lo ha vaciado de sus mejores contenidos. El Mundial es el espacio en el que se abren y se cierran grandes negocios, no sólo futbolísticos. Quienes tienen algo para vender llevan allí a sus potenciales clientes, los seducen y los rematan (y no se trata sólo de negocios deportivos). Corporaciones diversas se cuelgan, literalmente, del evento. Miles de mujeres son trasladadas a los países anfitriones para ejercer la prostitución (una de las grandes industrias mundiales, sobre la que hay más silencios e hipocresía que políticas activas); otras miles de mujeres locales son usadas para lo mismo. También los ejecutivos del negocio de la droga (otra de las mayores industrias del planeta) saben adónde se amplía en esas fechas un mercado apetecible. Países sedes con serios problemas sociales derivan fondos cuantiosos a la construcción de infraestructuras que después no pueden sostener, y lo hacen con una decisión que habitualmente no tienen para encarar temas como el hambre, la violencia y la educación. Millones de dólares se mueven en especulaciones salvajes entre clubes y representantes, mientras que los jugadores se exhiben en la vidriera mediática. Un espectáculo obsceno en un mundo que no resuelve (pese a que sus dirigentes crean sucesivos G-4, G-7, G-11 o G-100) temas urgentes y dramáticos de inequidad. El poder mundial le es cedido a una sociedad anónima llamada FIFA, cuyo código de ética no ha sido publicitado, si es que existe.
Quien ama el fútbol y lo sigue sabe, con dolor, que hace tiempo que la pelota está manchada y que cuando se estudian las huellas digitales en esas manchas aparecen las de casi todos sus actores, jugadores incluidos. El Mundial es otro escenario en lo que esto se suele poner en evidencia. El negocio se cuida con celo y con eficiencia. Y a todo esto habría que agregarle las especulaciones y manipulaciones de la política en torno al fútbol. Hay gobiernos que apuntan más a "un buen Mundial" de su selección que al desarrollo de políticas eficientes y conductas honestas, despreciando, de ese modo, no sólo a la política, sino a sus propios pueblos. Los antiguos espejos de colores se cambian así por pelotas de vinilo. De esto los argentinos sabemos mucho (y en estos días nos lo recuerdan), pero, en honor a la verdad, la actitud es pandémica. Un consuelo superficial sería considerar el fútbol como la continuación de la guerra por otros medios. Sin un Mundial cada cuatro años, acaso habría más testosterona dedicada a desatar guerras. Pero si se toma en cuenta que, entre los oficialmente declarados y los que no lo están, en el mundo hay hoy casi un centenar de conflictos bélicos, este argumento queda en un pueril juego sociológico.
La temporada de mundiales abarca un par de meses en los que somos inexorablemente sometidos a una asfixiante intoxicación publicitaria por medio de la cual algunas marcas intentan lavar sus caras y otras, darlas a conocer. Los patrios colores de la camiseta tienen entonces los auspiciantes más insólitos e inesperados, muchos de los cuales no son empresas argentinas, aunque apelen a invocaciones nacionalistas que hubiera aplaudido el propio Mussolini y que, en algunos avisos, me recuerdan a mis libros de lectura de la escuela primaria. Pero valga recordar que, después de todo, el Mundial es una fiesta global y los negocios son hoy globales. Si no, que lo digan los mentados fondos buitre.
Resulta, cuanto menos, paradójico y curioso que tengamos tanto tiempo, energía y espacio en el disco rígido de nuestras mentes para vivir pendientes de lo que, si sale bien, será no más que un buen negocio para unos pocos, y que a veces carezcamos de un minuto para preguntarnos qué estamos haciendo de nuestras vidas, si las estamos viviendo de acuerdo con nuestros principios y valores, si hemos avizorado qué les da sentido.
Aunque, lo reconozco, es también comprensible. Porque todo esto gira en torno al fútbol y no podría ser generado por ningún otro deporte ni por otra manifestación popular.
Lástima grande que los mundiales tengan tan poco contenido de fútbol real y tanto de sabor artificial. Así como nos hemos acostumbrado a creer que si una etiqueta nos dice "sabor limón" o "dulce de leche", allí hay de veras limón y dulce de leche, así llegamos a creer que el Mundial es la fiesta máxima del fútbol.
Como los habitantes de la caverna de Platón, que, de espaldas a la entrada, confundían las sombras reflejadas en el fondo de la cueva con la realidad, nos rendimos ante la sombra de lo que fue una bella creación humana y ahora es sólo un gran show con forma de pelota.