A diez años de su debut, Carolina Ardohain sigue fascinando, no teme hablar de nada y saca sus trapitos al sol
El lugar elegido es un departamento en Junín y Rivadavia. Parte de la escenografía debía tener lugar en la terraza. A las tres de la tarde, empiezan a bajar de una combi las productoras con utensilios para armar el arte de las fotos; llegan la peinadora y la maquilladora. La responsable de las joyas. La vestuarista. El fotógrafo, los ayudantes. Una multitud. Carolina "Pampita" Ardohain envía mensajes de texto desde el Departamento de Policía, donde está gestionando su pasaporte. Más tarde, cuando llegue, llenará el ambiente de disculpas y de profesionalismo. Tiene, cuando quiere, una actitud encantadora. Y sigue al pie de la letra las indicaciones.
Esta mujercita, de 1,64 m y 50 kilos, tiene dos hijos y está en pareja con el actor chileno Benjamín Vicuña. Sorprende su risa, que por momentos reemplaza al enojo. Es risa de felicidad, pero cortita, como una especie de respuesta automática, un latiguillo que se dispara ante lo que le molesta o no le gusta.
Durante las horas que compartió con LN R , incluido el tiempo dedicado a la producción de las fotos, la risa fue protagonista.
Cada vez que Benjamín Vicuña le ofrece matrimonio, ella le contesta que sí, pero no ahora. Es romántica, dice. Y muy competitiva: "No sé hacer nada a medias". No se cuida en las comidas, pero hace mucho ejercicio. Le gusta que le cambien el color de pelo: "Es como ser otra".
-¿Qué tenés de diferente de las demás modelos?
-Es la energía, creo. Como mi trabajo me gusta mucho, y de verdad, en estos diez años no perdí la magia. Y creo que eso la gente lo sabe. Lo nota. Y eso aumenta cuando te ven por televisión.
-¿La energía explica todo?
-Sí, a mí me gusta lo que hago, y se nota.
-Además de la energía, lo que se nota es que sos una persona que empezó de abajo, a la que nadie le regaló nada.
-En general, todas las modelos pelean desde abajo. Casi todas son del interior, todas se dedican a esta carrera, no tienen oportunidades de viajar. Mis colegas están más o menos en la misma. Todas son de clase media, porque no sé a cuántas chicas de la alta sociedad se les ocurre ser modelo. La mayoría tiene otra cabeza: buscan estudiar, tienen todas las posibilidades de viajar por el mundo. En cambio, las que empezamos con esto lo hacemos como algo mágico, que poco a poco se reconoce como una profesión y se empieza a vivir como un trabajo.
-Vayamos por partes: de General Acha, en La Pampa, a Buenos Aires. ¿Cómo fue el recorrido en estos diez años?
-(Interrumpe) Soy la misma que llegó del interior con sueños, con ganas de conquistar Buenos Aires. Jamás me propuse conquistar otros países. Mi idea era llegar, conseguir un trabajo. No podía mantenerme para estudiar, así que tenía que trabajar para pagar mi alquiler y vivir en la gran ciudad. Sentía que La Pampa ya había cumplido su ciclo.
-¿Viniste sola?
-Vine sola, con 17 años. Ahorré en mi provincia trabajando en un boliche, de relacionista pública. Junté para unos primeros meses.
-¿Y tu familia?
-Tengo a mi mamá, que se volvió a casar; mi papá falleció cuando yo era chica. Y dos hermanos varones más chicos. Me dejaron venir, pensando que yo iba a volver rápidamente. Pero yo soy muy perseverante. Sabía que no iba a volver.
-¿Te imaginabas exitosa?
-No, éxito no es la palabra. Sabía que me iba a quedar en Buenos Aires sí o sí.
-¿Cuál fue tu primer trabajo?
-En el bowling Dromo; trabajaba todos los días hasta las cinco de la mañana. En esa época, el bowling estaba muy de moda, y el lugar se llenaba de gente.
-¿Ahí ya soñabas con que alguien te descubriera?
-No, porque iba a castings durante el día. Pero no quedaba en ninguno.
-¿Volviste a encontrar a alguna de esas chicas?
-A muchas. Las mismas que sigo encontrando hoy. Muchas se van rindiendo en el camino, pero otras siguieron y me las encuentro hoy. Son las que tienen las misma fuerza que tengo yo. La que no tiene perseverancia, paciencia y ganas, se rinde en el camino. Es una profesión difícil.
-¿Y el segundo trabajo?
-Fue de vendedora de una marca. Que luego hizo un casting multitudinario y quedé. Fue en ese momento que Pancho Dotto vio mis fotos en la calle, pidió mi teléfono y me llamó.
-¿Cambió mucho tu vida a partir de tener un representante y formar parte de una agencia?
-Es igual, porque cuando hacen un casting no va tu representante. Y, además, van chicas de todas las agencias. Y son millones.
-¿Lloraste mucho?
-No [se ríe]... Te acostumbrás. No te lo tomás como algo tan personal. Si llegás a un lugar y ves que hay ochenta mujeres divinas, es un milagro que te elijan a vos. Vas, por lo menos, a tres castings todos los días.
-¿Cómo es esa rutina de ir de una prueba a otra?
-Vas con tu bolsito en el subte, de un lugar a otro. A veces hay que hacer tiempo y comés en cualquier lado. Y nunca te alcanza el dinero.
-¿Se aprende a pelear por el dinero? ¿O no?
-Sí, aprendés un montón. Yo sé perfectamente cuánto vale mi trabajo. No me da ninguna culpa cuando tengo que pasar un presupuesto. Porque sé lo que vende, sé lo que he luchado y sé que me lo gané. Sé el cariño que me tiene la gente. Hice muchísimas cosas para las que no me pagaron y que la gente ni se imagina. Pero eran parte de mi carrera.
-¿Cuál es el gran logro?, ¿qué tapa, qué campaña?
-Hay cosas que me siguen encantando y que no son una tapa. Una buena nota con un buen fotógrafo, la hago igual.
-¿Pero qué es lo que cotiza en una carrera de modelo?
-Tu credibilidad. Es lo único. Una vez que sos conocida, lo único que importa es ser creíble para la gente. Si vos le decís que "tal producto" es el mejor, importa tu credibilidad. Hay cosas que yo no he hecho en toda mi carrera. Campañas de cigarrillos, campañas de alcohol, desnudos, la tapa de Playboy. No me sentía cómoda.
-Tu vida privada siempre provocó mucho revuelo. El casamiento con Martín Barrantes, que parecía de ficción, en un campo, con un seudopariente de la nobleza de Inglaterra. ¿Fue un ensueño?
-No, yo no lo viví jamás así. En los temas emocionales soy muy trasparente, en las buenas y en las malas. A los 23 años no me hubiera casado por negocio, o por interés. Tenía que ver con mi inocencia, mi juventud.
-¿Cuánto te ayudaron a crecer los hombres de tu vida?
-Nada. Nada, porque todo mi trabajo me lo he ganado yo sola. Siempre. La que sale a buscar un proyecto, la que se rompe el alma con cada trabajo soy yo. El complemento de mis parejas no tiene que ver con mi trabajo. Tiene que ver con mi estado de ánimo. El amor siempre me ayuda. Cada vez que he estado enamorada he brillado como nunca.
-¿Cómo sos con tus compañeras? Se habló de que algunas te decían cosas humillantes.
-Al principio era distante, porque había mucha mala onda [se ríe, tal vez como reflejo]. Entonces, tenía "mi lugar"; llegaba, hacía mi trabajo... Ahora, con los años, nos conocemos casi todas, tenemos marido, hijos... Nos conocemos con Dolores Barreiro, Carola del Bianco, Ivana Saccani, Florencia Gómez Córdoba. Son las que hasta el día de hoy siguen porque son bellas y trabajadoras.
-Hay un fenómeno interesante que ocurre con algunas personas, y es que pasan a convertirse en "personajes", en lo que se denomina celebrity. Vos sos una de ellas.
-Pero yo me convertí en personaje desde el primer año. No tenía que ver con mi vida sentimental. Fue algo mágico eso de que la gente quiera saber quién soy y dónde vivo. Fue algo de un día para el otro.Yo antes de casarme ya había empezado a ser Pampita.
-¿Cómo cambió tu cabeza y tu vida el convertirte en mamá?
-Esa independencia que da no tener hijos, manejar tu vida y tus tiempos, se termina. Y ya nunca más tomás una decisión pensando sólo en vos. Esas decisiones tienen que ver con el grupo familiar.
-¿Cómo es la vida cotidiana con Benjamín Vicuña? ¿Se pelean por los espejos?
-Yo tengo tanta admiración por él... Lo encuentro tan talentoso que lo único que quiero es que vuele, que pueda crecer como actor. Es un excelente actor, naturalmente. Que cada vez tenga personajes más lindos y proyectos mejores. Lo quiero ver crecer. Y lo va a lograr. Y mi proyecto es que él pueda volar sin el peso de la familia. Que la familia sea un complemento, que lo tenga contento, que no sea algo que lo detiene en su crecimiento.
-¿Cómo se maneja el dinero en esta pareja?, ¿hay mensualidad?
-A mí no me da ninguna mensualidad, ni me compra absolutamente nada. Yo tengo mi trabajo. Es un tema que no hablamos. Tener mi dinero me da satisfacciones porque puedo comprarles a mis hijos lo que quiero sin preguntarle a nadie. Puedo tener un departamento en Buenos Aires, puedo ayudar a mi familia, puedo ahorrar. Puedo tener mi mundo. No sé qué haría sin trabajar.
-¿No tenés en la cabeza el esquema de la mujer mantenida por el marido mientras ella despliega a su gusto la tarjeta de crédito?
-No, para nada; no sé qué haría sin trabajar. No me gustaría ser una ama de casa que va a tomar el té con las amigas y nada más. Me muero si no trabajo.
-El paso del tiempo, los años, ¿te rondan en la cabeza, son un tema?
-No soy muy fanática. Todavía no me he operado de nada. No me he puesto Botox.
-¿Cómo es ahora tu relación con la prensa?
-Hoy me da exactamente lo mismo lo que digan. Al principio me importaba mucho, después me fue importando menos y ahora no me importa nada. Cuando era muy joven los medios fueron muy agresivos conmigo. Me dolía. Lloraba porque no entendía. Creía que me odiaban. No entendía que era parte de un juego. Pero sobreviví porque finalmente no me ha pasado nada tan terrible.
-Finalmente, la famosa bofetada a Isabel Macedo en un ataque de celos, ¿existió?
-No voy a contestar. No quiero dar explicaciones que mis hijos puedan leer mañana.