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Sudáfrica, apartheid y después

Ya no hay alambrados, guetos ni represión, pero la pobreza extrema, la violencia y la corrupción todavía empañan los grandes logros de esta Sudáfrica que se prepara para mostrarle al mundo sus avances como democracia multirracial. Hoy, con sus luces y sombras, se ha convertido nada menos que en un país normal. Sólo eso hubiera parecido un milagro 15 años atrás

Sudáfrica, apartheid y despuésJOHANESBURGO

Los cartelitos amarillos de la FIFA marcan el rumbo desde la salida del aeropuerto Oliver Tambo. Una autopista con la pintura fresca y obreros cortando el pasto lleva directo a Sandton, un centro financiero y de ocio de proporciones que envidiaría Miami. En el camino, un grupo de obreros termina una estación donde parará el primer tren bala de Africa. No hay un papelito en las calles, desbordantes de banderas. Una estatua de Mandela, de seis metros, da sombra sobre una pelota gigante a la que se accede para ver fútbol en 3-D en la plaza que lleva el nombre del patriarca nacional. A dos pasos, un shopping de seis pisos donde blancos y negros vestidos para un aviso de moda pasean entre las vidrieras de marcas exclusivas.

Es la cara feliz del milagro sudafricano, la imagen que moldea un gobierno obsesionado por mostrar al mundo que ha salido del horror de la segregación racial y que puede ser una potencia económica capaz de organizar en paz la fiesta deportiva que paralizará al mundo dentro de cinco días. "Es la oportunidad de marketing de nuestras vidas", anunció la semana que pasó el presidente Jacob Zuma, en una síntesis cuya crudeza, acaso no buscada, reavivó un agrio debate en la "nación del arco iris".

¿Alcanzarán seis años de preparación y 2000 millones de dólares de inversión pública para olvidar que Sudáfrica es el país más desigual del mundo, con 50% de pobreza y una brecha entre ricos e indigentes que se ahonda? ¿O que la esperanza de vida cayó por debajo de los 50 años, que el 12% de la población tiene el virus del sida, que más de un tercio de la gente vive en chozas sin agua potable? ¿Podrán 44.000 policías cercar los barrios donde se baten récords de crímenes violentos, y que todo sea fiesta? ¿Bastará con las imágenes de blancos y negros unidos por la camiseta de la Bafana Bafana , la selección nacional, para dejar atrás las huellas de 100 años de opresión racial y 15 de relaciones en equilibrio inconstante?

Hoy la euforia tapa cualquier discusión. Johanesburgo, la ciudad más grande, la expresa con las banderitas que flamean en las casas de paredones electrificados del señorial Melrose; con afiches de modelos esculturales en las vidrieras de Rosebank; con la pasión de las vuvuzelas, esas cornetas que atruenan en Soweto o cualquier otro de los viejos barrios segregados en los que el gobierno del apartheid aglutinó a la población negra.

Hay casi un pacto tácito de no arruinar el momento. A contrarreloj se desactivaron las huelgas que pusieron en peligro el suministro eléctrico para el Mundial. Las demoras y la sospechosa inflación en los precios de las obras son discusiones postergadas para julio. Hasta el más polémico de los nuevos líderes políticos, Julius Malema, aceptó pedir disculpas y llamarse a silencio después del escándalo que armó al reflotar en sus actos políticos una vieja canción de la resistencia al apartheid llamada "Dispara al boer", en alusión a los colonos de origen holandés que impusieron la tiranía racial a la mayoría negra. Malema es el presidente de la rama juvenil del Congreso Nacional Africano (CNA), el partido de los héroes martirizados y redimidos. Mandela, Tambo, Walter Sisulu...

El CNA gobierna desde 1994 y domina la política del país. Es una suerte de peronismo con el 30% más de votos. El irreverente Malema, un joven de 29 años del que se habla más en la prensa que del propio Zuma, desencadenó una ola de quejas de la comunidad blanca (afrikaners e ingleses). El miedo al racismo al revés que se potenció en abril cuando, en plena polémica, fue asesinado por peones negros Eugene Terre´Blanche, caricaturesco líder de un movimiento supremacista blanco al borde de la extinción.

Zuma entró en pánico y desautorizó a Malema. La imagen exagerada de una Sudáfrica todavía enfrentada por las razas era un dardo al corazón de su "marketing mundialista".

"Se ha hablado mucho de las tensiones raciales. Lo cierto es que son muy manejables. Los sudafricanos blancos y negros en general ya no se odian entre sí. Simplemente no han sabido cómo hacer para quererse", señala Tim du Plessis, editor en jefe de Beeld , el principal diario en idioma afrikaans.

En el diagnóstico coinciden funcionarios, economistas, analistas políticos -blancos y negros-, empresarios... No existen amenazas serias de un estallido racial. Blancos y negros conviven con cortesía, cada cual en su mundo. Cuesta encontrar grupos multirraciales en las calles, pero de a poco empiezan a compartir espacios de trabajo y de ocio. No se verá sin asombro a un afrikaner en Soweto ni a un zulú pobre en los campos de golf de Houghton.

Un logro impensable

"Si alguien me hubieran dicho hace 25 años, cuando Mandela estaba preso y los townships (barrios segregados) rodeados de tanques, que hoy tendríamos una democracia consolidada y organizaríamos un Mundial, lo hubiera creído un demente", dice Anthony Leon. Fue el líder durante 15 años de la Alianza Democrática, el partido liberal que rechazó al apartheid y que se convertiría en la principal opción opositora cuando el CNA llegó al poder, en 1994. Hoy es, además, el embajador en la Argentina. "Que yo esté en esta posición es toda una señal", indica. No oculta que hay serios problemas de inequidad social y de criminalidad (más de 40 asesinatos por día, secuestros, robos, violaciones).

Leon se cuida al hablar. Pero tanto en su partido como en la disidencia del CNA mencionan una palabra maldita de estos 15 años de democracia: corrupción.

"Si no se frena la corrupción y no se atienden los problemas concretos, vamos a terminar en una división peligrosa: ya no blancos-negros, sino simplemente ricos contra pobres. Si siguen así no sé qué colapsará primero, las políticas del gobierno, la economía o el país." El dramático diagnóstico corresponde a Moeletsi Mbeki, hermano de Thabo Mbeki, el presidente que sucedió a Mandela y se esforzó durante 10 años en acoplar a Sudáfrica al tren del liberalismo económico. Moeletsi, disidente del CNA, es un ácido crítico de Thabo. En su reciente libro Arquitectos de la pobreza carga contra la aplicación de las leyes que pretendieron romper con décadas de desigualdad racial al promover la creación de empresas y cupos para gente de raza negra en puestos gerenciales y estatales.

El plan nació en la época de Mandela y lo aplicó Thabo Mbeki, el hombre que movió los hilos económicos mientras el héroe nacional operaba a nivel político para unificar un país al que muchos le auguraban un destino de guerra civil y hambrunas.

Pero lo que empezó como una política de restitución (hoy el 20% de los habitantes negros está en la clase media) derivó en escándalos que recuerdan a un país lejano, allá por los confines del Cono Sur. "Hubo una elite que se volvió extremadamente rica en poco tiempo. El Estado, por ejemplo, debía contratar a empresas de propiedad negra. Las licitaciones terminan siempre en manos de dirigentes del partido o sus prestanombres, mientras los pobres siguen cada vez más oprimidos. Hoy el problema no es la raza; es la distribución de la riqueza", describe el analista económico Peter Bruce, que dirige el prestigioso periódico Business Day .

El rudo Malema está bajo investigación por contratos sospechosos del Estado con empresas que se relacionan con él. Y el propio Zuma llegó al poder después de salir ganador de una pesada interna en el CNA que le permitió trabar causas por fraude económico y corrupción.

El arzobispo Desmond Tutu, héroe de la lucha antiapartheid y Premio Nobel de la Paz, irrumpió en la fiesta premundial hace dos semanas con un fuerte llamado a atender la pobreza y la desigualdad. "No hay nada malo con hacerse rico, el problema es cuando una elite controla la riqueza. Algo nos pasó, parece que hemos perdido el orgullo", dijo en una entrevista con The Guardian que pegó fuerte en el corazón del CNA.

Los arenosos pasadizos de Alexandra dejen entrever las heridas abiertas de los años de segregación. Casillas casi idénticas, con techo de chapa, ordenadas en líneas casi perfectas, se vislumbran desde la autopista a Sandton, detrás de unos paneles que acompañan el camino e invitan a no mirar más allá. La división territorial que marcó el apartheid impresiona con su poder de subsistencia.

Dentro del township más hacinado de la ciudad (medio millón de personas en 8 km2) muchos viven casi en condiciones sanitarias similares a las de los días del apartheid . Es cierto: ya no pasan tanques por ahí. Ni existe la amenaza de una represión con balas de plomo. Los chicos no tienen que estudiar en afrikaans y sus habitantes se comunican alternativamente en zulú, xhosa, sotho o cualquiera de los idiomas tribales que oficializó el gobierno democrático.

"La libertad es muy valiosa. Todavía pesa demasiado para enardecernos por los problemas de hoy", dice Edi Madise, un trabajador social que ayuda en el barrio a chicos afectados por el sida.

Pero los reclamos por servicios sociales estallan a menudo. Una escena escalofriante aparece estos días en los noticieros de la TV sudafricana. Policías, en su mayoría blancos, con escudos y armas lanzagases, se acercan a un grupo de manifestantes que cortan una autopista, con el brazo derecho en alto y humo de gomas quemadas por detrás. Parece una película sobre los peores días del apartheid. Ocurre ahora, en Khayelitsha, Ciudad del Cabo. Los manifestantes piden que el gobierno provincial les garantice un baño en cada casa. Esta semana las autoridades desmantelaron unos inodoros públicos que habían puesto en un descampado, a cielo abierto. Los habitantes del suburbio exigen, al menos, que les pongan paredes para no tener que taparse con toallas.

Más en sordina, crece el malestar por la precariedad educativa. Hoy el 14% de los sudafricanos negros es iletrado y el acceso de jóvenes negros a las universidades sigue siendo limitadísimo. "Entre las peores secuelas del apartheid estuvo el desastre educativo: creó una generación sin habilidades y la herencia persiste. La dirigencia no ha conseguido revertir la tendencia a una educación pobre para gente pobre", opina Mondli Makhanya, directivo del poderoso grupo de comunicación Avusa.

La matriz económica tampoco cambió demasiado. Si los negros administran el poder político, el 90% de las acciones de la Bolsa de Johanesburgo está en manos de blancos. El sólido sistema financiero y la producción monumental de minerales preciosos siguen en las mismas manos que hace 30 años.

Antes de que la euforia tomara las calles, el Mundial también avivó las polémicas: ¿era necesario gastar 2000 millones de dólares en estadios de lujo sin igual en ciudades golpeadas por la pobreza y en las que ni siquiera tienen un equipo profesional que pueda usarlos cuando pase la fiebre? Es un debate nacional sin saldo, entre los que lo consideran un derroche y los que ven el lado positivo, en la cantidad de mano de obra que se ocupó y la posibilidad de mejorar la infraestructura y la imagen internacional del país.

Otra vez el "marketing"; esa palabra clave que hizo posible, por ejemplo, que el gobierno relocalizara a la fuerza ("temporariamente") a pobladores informales que incomodaban a la FIFA en la cercanía de los estadios. O que aceptara ponerle Coca Cola Park al histórico Ellis Park, el estadio donde debutará la Argentina el sábado. El nombre de una empresa que eludió todos los boicots al régimen del apartheid en el estadio en el que Mandela escenificó su esfuerzo por unir al país, en 1995, el día en que se puso una camiseta de los Springboks y puso de pie a 60.000 blancos fanáticos del seleccionado de rugby...

En esos días románticos todo parecía posible. Esa atmósfera épica se ha evaporado, pese a los pintorescos esfuerzos del gobierno por anunciar "una segunda liberación" de la mano del Mundial. Tal vez sea más sencillo y Sudáfrica simplemente se esté acostumbrando al pequeño milagro de convertirse en un país normal.

Martín Rodríguez Yebra
Enviado especial

Domingo 6 de junio de 2010

Fuente

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