El proyecto que consagra el matrimonio gay ha pasado al Senado, donde lo espera un arduo debate.
El tema dejó de ser "partidario" para alojarse en la conciencia de cada uno de los senadores, a quienes se les ha convertido en una opción "moral". Desde el momento en que ya nadie discute el derecho de los homosexuales a formar libremente sus parejas con consecuencias legales comparables a las de las parejas heterosexuales, el dilema que enfrentan nuestros senadores podría reducirse a esta pregunta: la palabra "matrimonio", ¿debe aludir también a la unión entre los homosexuales o ha de seguir reservándose, como hasta ahora, a la unión entre los heterosexuales, buscándose en tal caso otra palabra para aludir a las parejas del mismo sexo? Podría pensarse que sólo nos hallamos ante un problema "nominal", de meras formas, pero la pasión que se ha desatado entre los contrincantes de este debate permite sospechar que en él hay en juego algo más profundo que una cuestión de palabras.
Si nos hallamos ante una cuestión moral, podría traducírsela por este otro interrogante: ¿es "justo" que la palabra "matrimonio" cubra por igual a la unión entre los heterosexuales y a la unión entre los homosexuales? Cuando definió a la justicia, Aristóteles señaló que ella no es idéntica a la igualdad porque, en tanto es justo tratar como iguales a los hombres en la medida en que son iguales, no lo es tratar como desiguales a los que son iguales ni, tampoco, tratar como iguales a los que son desiguales. Si todos tenemos derechos humanos, por ejemplo, sería injusto reconocérselos a los amigos, pero no a los enemigos. Pero también sería injusto otorgarles la misma nota a quienes no han exhibido el mismo mérito en un examen, porque en tal caso caeríamos en la famosa denuncia de Santos Discépolo: "Lo mismo un burro que un gran profesor".
Quizá podría decirse entonces que, en tanto seres humanos, los homosexuales tienen el mismo derecho a la libertad del que gozan los heterosexuales, desechándose a partir de aquí toda discriminación, como tampoco la aceptaríamos por el color de la piel o la religión. Quienes se oponen al matrimonio gay hacen notar empero que aquellos que pretenden equipararlo al matrimonio tradicional se están apropiando indebidamente de un concepto que viene del fondo de la historia. En la encíclica "Populorum Progressio", el papa Pablo VI señaló que en un coro hay que distinguir entre un tenor y una soprano, pero reconociéndoles a ambos una igual dignidad. Si le reconocemos a la unión entre homosexuales la misma dignidad que a la unión tradicional, ¿esto exige acaso sostener además que "son lo mismo"?