Queda acá nomás, a unos 80 kilómetros de la Ciudad, pero habría que usar otra vara para medir la distancia.
Tampoco sirve como dato que se tarda una hora en llegar. Ninguna de esas opciones es suficiente ni muy precisa. Tal vez, lo mejor sea decir que, al cabo de 80 kilómetros y de una hora de viaje, se retrocede en el tiempo y lo cotidiano cambia abruptamente de formas y colores.
Todo empieza al salir de la Autopista del Oeste y tomar esa ruta que se abre paso como una herida en medio de la verde inmensidad de la llanura pampeana. Allí, la Ciudad y su afiebrado ADN comienzan a quedar muy lejos, mucho más que esos 80 kilómetros. Allí, todo cambia y el camino conduce entre otras imágenes: arboledas que se recortan contra un cielo diáfano; un solitario caballo negro que brilla bajo el sol; un casco colonial precedido por un jardín de lavandas y ese horizonte que se estira más allá de cualquier límite.
Luego de una curva, como si se tratara de la escenografía de una película de otra época, aparece el pueblo rural de Carlos Keen. Entre sus caserones de ladrillo a la vista, sus boliches de campo y la austera iglesia San Carlos Borromeo, entre esas ocho o diez manzanas del casco del pueblo, uno descubre que no hay maquillaje, que en Carlos Keen el tiempo se detuvo.
El pueblo fue fundado a fines del siglo XIX, prosperó con la actividad agrícola-ganadera y llegó a tener 3.000 habitantes. Hasta que hace unas décadas, con el cierre del ramal ferroviario, fue herido de muerte. Pero, como el Ave Fénix, resurgió de las cenizas. Y se revitalizó como destino turístico de fin de semana. Tal vez, la mejor prueba de esa pequeña victoria contra un oscuro destino sea la vieja estación de trenes, convertida en centro cultural. Ahora el pueblo tienta a los visitantes con su feria de artesanos, sus estancias, amplios espacios para picnics y un circuito gastronómico que incluye mesas bajo los árboles y, por supuesto, un irresistible olorcito a asado.
Queda acá nomás. Y todo es muy distinto. No está nada mal darse una vuelta por Carlos Keen.