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La Habana

Un lavado de cara para el casco histórico, música en vivo, noches de show y otros imperdibles, en un tour urbano a toda velocidad por la capital cubana

La HabanaLA HABANA.- Alina tiene poco más de 30 años, la piel curtida por el sol, los ojos extrañamente claros, la sonrisa fácil y amigable. Comenzó a manejar un cocotaxi por 2006, cuando decidió cambiar su anterior puesto en el área de salud y presentarse para obtener una licencia de conductora. "Tuve que esperar dos años hasta conseguir un lugar y después esperé unos meses más mientras hacía los cursos antes de empezar a trabajar", cuenta antes de ponerse el casco y los anteojos oscuros.

Cualquier taxista en La Habana es un poco guía turístico, ya que es parte de la capacitación que reciben para conseguir la licencia. Los cocotaxis, esas pequeñas motos de tres ruedas y carrocería redondeada que asemeja un coco, son uno de los mejores medios para desplazarse como turista por la ciudad no sólo por económicos y prácticos (entran hasta en las calles más angostas y se escurren mejor entre el tránsito), sino porque garantizan un viaje más fresco cuando el calor aprieta y se encuentran a mano en las zonas más visitadas.

Alina dice que no trabaja todos los días porque hay más choferes que vehículos y deben rotarse en la semana. Pero que así y todo reditúa: "Gano mucho más con el taxi que lo que ganaba antes; además, estoy en contacto con personas de todo el mundo y puedo conocer su cultura, su forma de pensar", explica, y comienza a preguntar sobre la situación argentina.

Mientras la moto enfila hacia la ciudad vieja por el mítico Malecón, la charla sigue acompañada por el intenso ruido del pequeño motor. Cuenta que la situación en la isla está mucho mejor que hace unos años y que, pese a las dificultades y las privaciones, confían en que mejorará. "Claro que hay cosas que tienen que cambiar, como en todos lados. Pero hay cosas que no queremos que se modifiquen... Todos hablan de apertura y todos esperamos una apertura. Pero no queremos que la apertura acabe con las muchas cosas buenas que tenemos aquí", resume refiriéndose a la salud, la educación, la asistencia social, la seguridad.

Al entrar al barrio El Vedado, una extraña plaza irrumpe en medio de la calzada. Sembrada con decenas de mástiles negros y con un enorme escenario en el medio se levanta delante de un moderno edificio completamente vallado. "Esta es una tribuna antiimperialista -dice-. Está frente a la Oficina de Intereses de los Estados Unidos porque desde allí ellos solían colocar carteles y pasar grabaciones que nos atacaban, así que para contrarrestar todo eso armamos esta tribuna."

A poco de cruzar el Monumento a las Víctimas del Maine, el Malecón cobra otro aire. La vieja ciudad empieza a mostrarse con toda su belleza y su encantadora decadencia. El frente de edificios que da al mar es un verdadero muestrario de los más diversos estilos arquitectónicos de principios del siglo XIX. Testigos de una época de esplendor, las mansiones y viejas casonas se suceden por cuadras y cuadras, y en su mayoría evidencian de manera insoslayable el paso del tiempo. De hecho llama la atención cómo varias de ellas se mantienen todavía en pie.

"Muchos edificios están siendo restaurados por toda la ciudad. Ya lo van a ver en la ciudad vieja", dice nuestra conductora.
Donde todo es historia

La moto avanza rápidamente y enseguida, y casi sobre el mar, aparece el castillo de San Salvador, que marca la entrada a la parte antigua de la ciudad. Alina estaciona y mientras nos despide nos deja algunas indicaciones: "Aquí a dos calles está la plaza Vieja; arranquen ahí y luego vayan a la Plaza de Armas y después, a la catedral", indica.

La Habana Vieja cuenta historia en cada rincón no sólo porque es una de las ciudades más antiguas de América, sino porque es una de las que conserva su legado arquitectónico en abundancia (la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1982).

Fundada en 1519, rápidamente se convirtió en un puerto de importancia para el comercio entre América y Europa; también, en un punto estratégico a nivel militar. De ahí que los españoles, y ante el avance de ingleses y holandeses, decidieran amurallarla a principios de 1670 y, con posterioridad, entre los siglos XVII y XVII, protegerla con tres enormes fortalezas enclavadas a la entrada misma de la ciudad. De la primera apenas si quedan vestigios en la zona sur, mientras que las otras (los castillos de San Salvador y del Morro, y la fortaleza de San Carlos) se conservan como si el tiempo no hubiese pasado.

Siguiendo las indicaciones nos internamos en la ciudad. Enseguida aparece la magnificencia de la ciudad joya del Caribe: en las varias decenas de manzanas que componen el sector más turístico se sucede un sinfín de edificios levantados entre mediados del siglo XVII y principios del XVIII en los que se despliega todo un catálogo de estilos, del barroco al neoclásico, pasando por el morisco y el gótico. La impronta de las familias acaudaladas quedó plasmada en el mármol que abunda en pisos y columnas, en la caoba y el cedro de los techos y las escaleras, en el roble en los pisos... Todo parece hablar de un esplendor perdido y que se busca recuperar.

Abandonadas a su suerte durante décadas, vastas zonas muestran todavía las huellas del profundo deterioro que le provocaron la humedad, el salitre y quizá del mayor de los males: la falta de mantenimiento. "En las peores épocas de escasez en lo último que se pensaba era en arreglar los edificios. Además, no había con qué arreglarlos; ni cemento, ni cal, ni pintura", explica Vladimir. Músico de profesión, se entrega rápidamente a la charla y ofrece su punto de vista sobre la ciudad. Y explica que La Habana está siendo sometida desde hace más de dos décadas a un profundo proceso de restauración y recuperación, en una labor casi titánica a la que se le dedican millones de dólares al año, desarrollada por un equipo de profesionales que trabaja sin descanso para recuperar el tiempo perdido. Esas propiedades puestas a nuevo son usadas como museos, centros culturales y hasta hoteles boutique.

Para tener un parámetro más acabado del trabajo de recuperación de la ciudad, basta con apartarse unas cuadras de los tradicionales circuitos turísticos e internarse en las calles donde nadie quiere ir. "No sabemos cuánto tiempo más vamos a tener la ciudad en obra. Piensen que todo se repara a mano, pieza por pieza y tratando de rescatar todo lo que sea original. Pero está quedando bonita, ¿verdad?", pregunta Vladimir.

Por Diego Cúneo
Enviado especial

Domingo 30 de mayo de 2010

Fuente

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