Al presidir el tedeum en Luján, el arzobispo Radrizzani pidió fortalecer los acuerdos más allá de partidismos e intereses personales
El tedeum oficial en la basílica de Luján estuvo lejos de convertirse, como esperaba el Gobierno, en una ceremonia afín al kirchnerismo. El arzobispo Agustín Radrizzani esperó a la presidenta Cristina Kirchner con una lista de pedidos: le reclamó mayor distribución de la riqueza, mejorar la calidad de las instituciones, más transparencia, justicia y federalismo, y puso el énfasis en una frase final con la que exigió consenso y un diálogo "magnánimo y sereno".
"Debemos fortalecer el consenso más allá de partidismos e intereses personales", apuntó Radrizzani en su homilía, que la jefa del Estado escuchó sentada junto a su marido, Néstor Kirchner, en la primera fila ante una basílica repleta.
Ambos permanecieron circunspectos ante las palabras del arzobispo, que les recordó el malestar de la Iglesia por el apoyo del oficialismo al proyecto del matrimonio entre personas del mismo sexo, aprobado en la Cámara de Diputados. "Todas las leyes deben promover la defensa de la vida y el bien común. Que el aniversario no nos impida estar preocupados por los deterioros de los acervos culturales", agregó.
El matrimonio presidencial apenas movió la vista, que tuvo clavada en el altar, ante el sorpresivo vuelo bajo de una paloma que quitó por unos momentos solemnidad y tensión a la homilía.
Con un tono moderado y sin estridencias, Radrizzani casi no dejó ningún tema sin mencionar durante la celebración, que contó con la presencia del nuncio apostólico Adriano Bernadini, enviado del Papa.
La basílica estuvo repleta de oficialistas. Ningún opositor se atrevió siquiera a participar de la celebración que organizó la Casa Rosada. Mientras en el interior del templo el tenor Darío Volonté entonaba la canción Aurora , casi al final de la misa, desde afuera penetraba el ruido de los bombos y los cantos de los militantes que se acercaron a la plaza para vivar a la jefa del Estado.
Todo el gabinete minimizó los reclamos de Radrizzani y los principales ministros adujeron no sentirse aludidos. El jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, respondió a LA NACION que había leído 50 veces la homilía y no había encontrado ningún reclamo puntual hacia el Gobierno. La misma interpretación hizo el ministro del Interior, Florencio Randazzo, y el de Economía, Amado Boudou, resaltó la asignación universal como una política oficial que Radrizzani olvidó en su homilía.
"A pesar de nuestras mezquindades, Dios nos ha conducido siempre y nos ha ayudado a superar los conflictos. Debemos cultivar un espíritu de tolerancia", dijo Radrizzani, que estructuró su mensaje en cuatro ejes: memoria, identidad, reconciliación y desafíos.
El arzobispo hizo una fuerte defensa de la democracia y celebró "la posibilidad de convivir en paz". Además, habló de los valores, como la justicia, y citó el ejemplo de Manuel Belgrano, que cuando lo nombró la Presidenta asintió con la cabeza y sonrió, y de José de San Martín. "Suplicamos por una Justicia más efectiva, por una mejor y más equitativa distribución de la riqueza y por una mayor independencia de los poderes republicanos", apuntaló Radrizzani ante la atenta y tensa mirada del matrimonio Kirchner, que se ubicó a la derecha, mientras que el gobernador Daniel Scioli y su mujer, Karina Rabolini, se sentaron del lado izquierdo.
Ajeno al mensaje de la Iglesia, el Gobierno se aseguró un final de fiesta bien kirchnerista en Luján. Las afueras de la basílica estuvieron pobladas de militantes que esperaron la salida de la presidenta Kirchner para saludarla.
Las banderas argentinas dieron paso, así, a las agrupaciones partidarias. Habían movilizado los intendentes de las localidades vecinas, como Moreno, el Frente Transversal, la agrupación La Cámpora y una nutrida delegación que aportó el gobernador de Tucumán, José Alperovich.
Los Kirchner subieron a un palco con el gabinete y minutos después, con las vallas de por medio, se acercaron a los militantes y pasaron más de media hora sacándose fotos con sus seguidores. "Vení, chiquita, sacate la foto conmigo", le decía Cristina a una joven que repartía chocolate caliente sobre un lateral de la plaza. Kirchner, totalmente despeinado, se dejaba tironear del saco cruzado de su traje y recibió el reto presidencial por haberse demorado más que la jefa del Estado en su pasaje ante los militantes.