Un apasionado de la gran ciudad estadounidense y un itinerario que repite en cada viaje. De la mañana a la noche, sin intervalos, entre los teatros y la visita de los escenarios callejeros de los clásicos del cine.
Si tengo que conjugar en un solo lugar mis pasiones no lo dudo: ese sitio es Nueva York, algo así como unas 14 manzanas en las que una noche cualquiera, más de 30.000 personas, yo incluido, van a un teatro.
Ya no sé cuántas veces fui y se me confunden los viajes, todos parecen el último y hay tanto para ver que es inagotable. Como mi mujer, Lali Lastra, es actriz, y compartimos obsesiones, vamos comprando cada mes por Internet una entrada anticipada a algún espectáculo. Al último viaje, de diez días, fuimos con diez tickets y allá compramos seis más. El mismo día que llegamos a la ciudad, dejamos las valijas en el hotel y corrimos para ver a las Rockettes del Radio City Music Hall en la función de las 10.30 de la mañana, un clásico imperdible.
La ciudad de Nueva York es adrenalina pura y es contagiosa; cada día a las 7 de la mañana desayunábamos en el barcito de la esquina del hotel, nuestro tradicional café con tostadas mirando asombrados los desmesurados platos de tocino, huevos y salchichas que ellos acostumbran comer y después a caminar hasta caer desmayados.
Todo es tan rápido que yo, que vivo acelerado, parezco lento porque Nueva York tiene la velocidad de la luz. Y es tanta la gente, que en cada foto que tomé se me coló un desconocido. Es ineludible. Los idiomas, los estilos y los colores más diversos, se cruzan en la calle y nosotros caminamos con el "mirá" a flor de boca. Es un lugar para compartir porque a cada paso hay una situación que nos llama la atención y provoca un comentario.
Imposible bajar las escalinatas de la Grand Central Station y no sentirse en la película "Los Intocables" o pasar cerca del puente de Brooklyn y no estar en la "Manhattan de Woody Allen", como si la ciudad entera fuera un set cinematográfico y la vida una sucesión de películas en las que uno entra a voluntad. Así se trate del Empire State, una librería, el subterráneo, la juguetería F.A.O Schwarz, el Plaza, un escalofrío delante de lo que fueron las Torres Gemelas, los museos o el Central Park, tengo la sensación de jugar de "local" y que ese lugar, por un rato, también es "de uno" y está permitido sumarse a la representación. Con ese espíritu, una tarde de compras nos metimos en Macy's y fuimos a la sección de vestidos de noche, carísimos. Lali se probó todo: strapless con forma de campana, con cola, sedas rojas, tules turquesas y sombreros imposibles. Ella se divirtió disfrazándose mientras yo aplaudía a mi mujer hecha una diosa, ¡fue una fiesta!
Otro día paseamos por Little Italy y entramos al teatro del Blue Man Group. Nos encantó la performance "Tubes" hecha por acróbatas, percusionistas y mimos con una escenografía de tubos de cloacas y una iluminación alucinante. Más tarde, comimos en "Carmine" un típico restaurante de comida italiana, donde nos tentamos con la enorme langosta del plato de un vecino de mesa y al rato otras tenazas nos saludaban desde los nuestros.
Son infinitas las formas de disfrutar Nueva York. A veces uno también duerme.
Héctor Presa. Autor y director de teatro. Presenta "Malas Palabras" en La Galera (Humbold 1591), dgos. a las 15.