Rodeada de bosques y montañas, la pequeña ciudad es famosa por su casco antiguo y su impronta bohemia y ecológica.
Durante la llamada "Guerra de los 30 años", que tuvo lugar en el siglo XVII, la entonces próspera y elegante ciudad de Friburgo fue reducida prácticamente a la nada. No quedaron casi edificios en pie y la población acabó diezmada. Tras aquel desastre, renació más espléndida aún, reconstruyó por completo sus monumentos de estilo gótico y sus habitantes salieron de la tragedia convencidos de que la vida es para disfrutarla. En esta identidad hedonista típica de Friburgo mucho tiene que ver, también, el hecho de que es una ciudad de estudiantes, sede de una de las universidades más prestigiosas de Alemania, con una población que tiene un promedio de edad de apenas 40 años y con uno de los climas más benignos del país.
Situada en la puerta de entrada de la exuberante Selva Negra, en el extremo sudoeste de Alemania, junto a la frontera con Francia y Suiza, Friburgo reúne el encanto característico de una pequeña ciudad medieval con los atractivos propios de una urbe cosmopolita. Su casco histórico es uno de los más bellos de Alemania, un conjunto de diminutos canales (los "bächle") y callejuelas por donde no circulan autos sino solamente silenciosos tranvías eléctricos.
El punto fuerte del recorrido es la catedral, el corazón de la ciudad. Se trata de un magnífico templo, que comenzó a construirse en el siglo XII, en el que dominan los elementos góticos y se destacan sus maravillosos vitrales, muchos de los cuales perviven desde el siglo XIII. Pero más allá de cualquier otro atributo, la catedral es famosa por su torre-campanario, de 116 metros de altura, que en su tiempo fue llamada "la torre más bella de la Cristiandad". En la actualidad, una de las actividades inevitables de los viajeros que llegan hasta Friburgo es subir las estrechas escaleras de la torre y disfrutar desde allí de unas maravillosas vistas de la ciudad, de las suaves montañas que la rodean y del cercano valle del río Rin.
En la plaza de la catedral funciona por las mañanas un mercado popular en el que artesanos de la región ofrecen sus creaciones y se puede disfrutar delicias típicas de la zona como el kirsch (licor de cerezas) o los jamones y embutidos ahumados. Como buena ciudad del sur de Alemania, Friburgo tiene una milenaria tradición vitivinícola, algo que se evidencia a través del insólito espectáculo de encontrar campos sembrados de vid en el medio de algunos barrios cercanos al casco antiguo. Además, todos los años, durante el primer fin de semana de julio comienza un festival dedicado a la cultura del vino. El festival dura una semana entera y cobra vida en la plaza de la catedral, donde se realizan catas y degustaciones, y se ofrecen comidas típicas de la región de Baden.
Tiendas, bares y museos
Friburgo es una ciudad de espíritu joven. Por las callejuelas que rodean a la catedral -como, por ejemplo, la Konviktstrase- abundan los restaurantes y los pequeños pubs que desbordan de gente en casi cualquier noche de la semana. Un buen plan durante un día cálido es comprar un sándiwch de salchichas ahumadas o un kebab (menos típico, pero igual de barato) en algunos de los locales de comida al paso que hay por el centro y disfrutar de un pequeño picnic en las explanadas de la universidad, el punto de reunión de los estudiantes.
El casco antiguo es también un sitio de ensueño para melómanos, ya que cuenta con excelentes tiendas de discos y casas de música en las que se ofrecen instrumentos fabricados por firmas de larguísima tradición y prestigiosos luthiers. O coquetas tiendas de jóvenes diseñadores, increíbles jugueterías especializadas en muñecos de madera y locales de articulos de Africa y Asia que se concentran sobre la multicultural calle Rotteckring. En este recorrido por el casco histórico no puede faltar la visita a los pocos pero muy buenos museos que tiene la ciudad, como el el Museo de Arte Contemporáneo, El Museo Adelhauser de Ciencias Naturales, el Museo Arqueológico "Colombischlössle" (que tiene una sorprendente colección de joyas medievales) y el Museo Wentzingerhaus , dedicado a la historia de Friburgo.
Conciencia ambiental
Friburgo es considerada como la capital ecológica de Alemania, lo que es mucho decir, dado el gran compromiso que la mayor parte de los alemanes tienen con el medio ambiente. Es una ciudad en la que no parecen existir los coches, ya que casi todo el mundo utiliza el eficiente y comodísimo transporte público, y la separación de basura para el reciclaje constituye casi una religión desde hace ya varias décadas. Pero si hay algo en lo que se destaca es en la utilización de la energía solar, un ámbito en el que Friburgo está a la vanguardia de Europa.
Rodeada de montañas y bosques, la pasión de los "freiburgers" por la ecología se evidencia también en el contacto cotidiano que tienen con la naturaleza. La ciudad cuenta con un circuito de bicisendas de más de 400 kilómetros, muchas de las cuales atraviesan parques y jardines urbanos o llevan hacia pequeños paraísos verdes, como Schlossberg, un sitio encantado a sólo unos minutos de la gótica catedral.