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Zaragoza
Fundada por el emperador romano César Augusto, que le dio su nombre, la capital de Aragón es una de las ciudades más sorprendentes de España. En estos días prepara su Expo 2008 sobre el agua y el desarrollo sustentable.
ZARAGOZA.- La romana, mora de la morería, cristiana y también judía, le canta su gente a la capital de la provincia de Aragón, la ciudad de las cuatro culturas, atravesada por el río Ebro, al nordeste de España, que con más de 2000 años de historia ha vivido todo. La conquista romana, la invasión visigoda, el reino de Taifa, la judería, los reinos católicos, persecuciones y expulsiones; pestes y guerras, aquelarres y quema de brujas, el florecer renacentista, los excesos del barroco, la devoción a la Virgen del Pilar, las visitas peregrinas de la ruta de Santiago, los bombardeos de uno y otro color en la Guerra Civil...
Y, ahora, el futuro: transformada en una de las principales ciudades de España, muy fuerte en servicios y turismo, para ella habrá un antes y un después de Expo Zaragoza 2008, la primera exposición mundial, según el flamante modelo del Bureau Internacional de Exposiciones, en este caso bajo el lema Agua y Desarrollo Sustentable, que se realizará entre el 14 de junio y el 14 de septiembre en una suerte de nueva Zaragoza, de 150 hectáreas, sobre las que se trabaja las 24 horas, y para la que esperan alrededor de siete millones de visitantes (ver página 8).
A la jota, jota aragonesa
Una gran ciudad de ladrillo y adobe, cerámica policromada y hierro forjado, inmemorial y sorpresiva, donde el pasado más remoto asoma con cada obra en construcción, de manera tan natural que a nadie le llamará demasiado la atención, por ejemplo, haber vivido años encima de los restos de un circo romano del siglo I, hoy transformado en museo a cielo abierto.
Está en el área de la antigua Zaragoza musulmana, donde también funcionó la judería, con calles estrechas por donde, como en todos los rincones, circula el buen humor. Su gente está lejos del gruñido y muy cerca de la sonrisa, amable aunque cabeza dura, según dicen, pero no se nota.
A la que le encanta comerse un platillo a media mañana (¿qué tal un pincho de tortilla?) en alguno de sus decenas de bares con mesas en la vereda, almorzar como Dios manda horas después, tal vez unas borrajas con almejas o un ternasco (cordero) asado, con una copa de somontano o garnacha (dos de las denominaciones de origen); de ser posible dormir un "ratico", ir de compras o paseo por la tarde, salir de tapas por la noche, bailar la jota o aplaudirla en sus fiestas típicas.
Y, desde ya, se crea mucho o poco, visitar casi a diario y a cualquier hora la enorme catedral del Pilar para escuchar misa (de 7 a 21, en continuado), encenderle una vela o deslizarle un rezo a la Virgen en este primer santuario mariano. La leyenda cuenta que María vino en persona desde Jerusalén para dejar la pila con que hoy se la recuerda y a la que cada día se viste en su honor con un manto diferente, bien guardados en su museo, donde se exhiben, entre otros presentes de reyes, nobles y políticos, los aros colgantes de oro que en su visita a España le ofrendó Eva Perón.
A un paso de esta catedral-basílica con infinidad de cúpulas y estilo ecléctico, en la inmensidad de la plaza del Pilar, centro de reunión de la ciudad con capacidad para 300 mil personas, se anticipan las pinceladas de Goya, su artista de cabecera, que nació en el cercano pueblo de Fuendetodos, pero se instaló aquí, donde se admiran sus murales (célebre, la cúpula Regina Martirum en el Pilar), pinturas cortesanas y aguatintas, con los que testimonió los horrores de la guerra por la invasión napoleónica a principios del siglo XIX, los famosos sitios de Zaragoza, con una resistencia feroz por parte de la población: "Yo lo vi", reza al pie de algunas de esas obras.
De taifas y reyes
Mira desde el bronce don Francisco, al que acompañan majas y majos escultóricos, y ahí detrás invita a entrar la otra catedral de la plaza del Pilar o de las Catedrales. La Seo que, con edificio menos imponente que su compañera, es patrimonio histórico de la humanidad por su inigualable síntesis de los estilos románico, gótico, mudéjar y barroco, y los increíbles trabajos de alabastro en sus retablos. La misma condición tiene el Palacio de la Aljafería, algo más alejado y actual sede de las Cortes de Aragón, donde los taifas descansaban en los meses de verano, luego reformulado como palacio de paso por los Reyes Católicos, que nunca estuvieron en él más de unas horas, pero donde alguna vez hicieron noche Juana la Loca y Felipe el Hermoso.
Se entiende entonces la importancia del espacio simbólico, y la sucesiva construcción y destrucción en el mismo lugar de templos de distintas culturas y religiones, que fueron sucediéndose y reemplazándose, proceso en el que convivieron o se fusionaron algunos de sus rasgos. De ahí la riqueza y complejidad de Caesaraugusta, como se llamó a Zaragoza en honor del entonces emperador César Augusto, entre el año 24 y el 14 a.Cristo.
Tiene un cielo celeste intenso, casi desconoce la lluvia, apenas caen 300 o 400 mm por año, y sus 700 mil habitantes conviven sin drama con un viento que cuando sopla no perdona, sobre todo en lo más alto del antiquísimo Puente de Piedra que cruza el Ebro a la altura del Pilar. O en noches de tapeo cultural, cuando el programa es seguir por la ciudad la teatralización de distintos hitos de su historia. Es el cierzo, que de refresco puede ser azote, o de brisa cálida, infierno. Pero la gente sigue como si tal cosa, cruzando ese puente y otros, andando por sus grandes avenidas (el paseo de la Independencia, a la cabeza), o rumbeando a la plaza de toros (la única con techo corredizo de España, que se destina también a otras actividades), amén de mantener en alza historias que no se olvidan. Como aquella de la Torre Nueva, de estilo mudéjar (el de los arquitectos y artesanos musulmanes que luego de la expulsión siguieron trabajando en la península), levantada a un paso de las murallas romanas en la plaza de San Felipe, a principios del siglo XVI, que por su creciente inclinación terminó bajo la picota por pedido de los vecinos a mediados de 1800.
Sobre la misma plaza, la tentación está en la vidriera de Casa Montal, con las mejores expresiones del jamón y demás especialidades ibéricas listas para irse con uno. Es un restaurante a puertas cerradas, que conserva el reloj original de la famosa torre, abre sólo por pedido, atesora vinos prácticamente incunables y ocupa uno de los 50 palacetes renacentistas que sobreviven, con un patio sobre el que balconean tres plantas, con arcos y columnas de alabastro.
Pero del Renacimiento el recuerdo tal vez más curioso sea el Patio del Amor, del reinado de Carlos V, que adquirido por un francés viajó a París, donde se lo armó, y después de varios años volvió a Zaragoza, para ser rearmado dentro de un edificio moderno perteneciente a la Caixa de Aragón, responsable de su rescate. Y ahí espera, lleno de información sobre lo humano y lo divino. Hay que rondarlo un buen rato y apreciar de cerca sus detalles. Tiene mucho que contar.
Por Carmen Acevedo Díaz
Enviada especial
Fotos: Gentileza y de CAD
Fuente
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