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La selección: Los argentinos de Microsoft
Cinco expertos que viven en Redmond, en charla con Next.
La aclamada expresión "los argentinos están hasta en la sopa" se hace extensiva a la ciudad de Redmond, en Washington. Localidad que vio cómo se ensanchaba Microsoft, su criatura globalizada. En el corazón del gigante del software, un grupo de compatriotas desempeñan diferentes actividades tecnológicas.
El suplemento Next se trasladó hasta aquella base de operaciones para conversar con un grupo de ellos. Y, aunque los cinco plantaron sus obligaciones, ninguno consultó su reloj ni se llevó el celular a la oreja durante la charla.
Al consultarlos sobre esta autonomía, Daniel explica que "los horarios son flexibles. Incluso podés trabajar desde tu casa. Nadie te reclama porque llegaste tarde o te escapás temprano", advierte. Pablo levanta su mano derecha para acotar "en realidad no te van a premiar por la cantidad de horas que pasás en la oficina sino por los resultados conseguidos".
Sobre las virtudes de los argentinos, Federico resalta la filosofía de "lo atamos con alambre. Esa facilidad para improvisar es muy valorada". En cambio, Daniel anuncia: "Los americanos son expertos en un punto y todo lo que escape a su lista de responsabilidades, es problema del vecino".
En cuanto a la forma en que Microsoft busca homenajear a sus empleados, Diego asegura: "Cada vez que colaborás en un proyecto te entregan una placa que acredita tu participación." Otro que se suma a esa idea es Pablo: "Está bueno que hayas aportado tu pedacito de código y te lo reconozcan de algún modo", dice usando un ejemplo de programador.
Libertad de elección. Entre los aspectos que más sorprenden a los recién llegados, Daniel narra que "nadie te dice lo que tenés que hacer. Se espera que tengas la iniciativa para decidir dónde y cómo desempeñarte". El encargado de ampliar es Diego: "Tampoco necesitás pedir permiso para cambiarte de área. Si querés probar suerte en Xbox, vas, te presentás y al toque arrancás con los nuevos objetivos".
A modo de resumen, Pablo sentencia: "Vos sos el único responsable de tu trayectoria dentro de la compañía. No podés culpar a un tercero por mudarte a un sector que no te gustaba o donde no congeniabas con tus colegas".
La contracara de tanta libertad es el caso de Federico, quien se involucró en un proyecto ajeno y "mi superior me dijo 'esto no sirve'. Como creía en lo que hacía seguí y durante dos años la pasé mal. Al tercer año funcionó y, en reconocimiento, Bill Gates me entregó un reloj firmado por él".
Y mientras el mate circula de mano en mano, Diego dice con aire de nostalgia que "la tendencia es juntarse con otros argentinos". Desde la otra punta Federico retruca: "Se extraña la libertad de tener a la familia cerca. Los argentinos pasan a cumplir ese rol." Daniel lo interrumpe y puntualiza que "los que aterrizan llegan con las mismas dudas. ¿Dónde compro yerba, en qué colegio anoto a mi hijo? Vamos a preparar un decálogo con estas cuestiones para entregar a los visitantes", dicen varios, entre un coro de risas.
La posta la retoma Pablo, que es el más callado: "Mi experiencia es muy distinta a la de ellos, porque hice la facultad en los Estados Unidos. Cuando llegué a Microsoft no había ningún argentino. Fui el pionero", sostiene.
Sobre el terror de asimilar otro idioma, Diego relativiza los miedos: "Hay gente que habla muy mal, que no se les entiende una palabra. La cuestión es animarse y dejar de pedir perdón cuando te equivocás". Más directo, Pablo dice que la mayor parte de la comunicación interna es por e-mail. "Tuve muchas personas a cargo a los que les daba vergüenza hablar en las reuniones y después me mandaban un texto de tres carillas con sugerencias". Además, antes de enviar el correo le pasás el corrector ortográfico cien veces", bromea Daniel. Nicolás (que recién se suma) dice: "Estuve trabajando en China y ahí sí que era un problema comunicarse."
Marcelo Bellucci.
mbellucci@clarin.com
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