Seis horas de escala en Miami pueden ser bastante aburridas. Hasta pueden parecer más de seis, aunque en realidad sean menos, gracias a las largas esperas en Migraciones (todo un tema, en Estados Unidos) y en el retiro de equipaje (obligatorio, aunque se esté en tránsito).
De todos modos estaba bien preparado para el tedio los otros días al llegar al aeropuerto código MIA. Con todo el tiempo del mundo recogí mi valija, volví a despacharla y controlé en las pantallas de información la puerta de salida de mi próximo vuelo.
Caminé al lugar indicado, con la parsimonia de quien tiene horas de sobra y también de quien acaba de dormir la mejor parte de las nueve horas de viaje después de cenar y mirar exactamente tres minutos de un capítulo de la serie Curve Your Enthusiasm .
Pasé la mochila y los zapatos por el control de rayos X y avancé hacia la puerta de salida todavía con casi cinco horas por delante. Me detuve, impasible, a contemplar una muestra de fotos históricas de Miami mientras el resto del mundo seguía a la carrera.
Una empleada aeroportuaria se ofreció a acercarme a destino en una especie de carrito de golf. Acepté y me dejó junto a unas escaleras por las que debía llegar a una estación para tomar un tren interno hasta la última parada del recorrido.
Otra larga caminata y llegué al fin a la puerta en cuestión, donde aún no estaba siquiera anunciado el vuelo. Quedaban por lo menos cuatro horas... de nada.
Decidí que no gastaría sólo por aburrimiento los primeros dólares del acotado presupuesto en comida o conexión Wi-Fi. Así que ahí me quedé sentado, con mi libro, aunque mayormente sin leer, mirando desinteresadamente a la gente que pasaba.
Cuando faltaba sólo media hora para el embarque tuve un poco de hambre. Así que elegí, entre bostezos, un sándwich en un puesto de comidas vecino. En el momento de pagar busqué en los cuatro bolsillos del pantalón, en los cinco de la campera, en los innumerables recovecos de la mochila... Pero nada: no tenía la billetera.
Mientras me subía la fiebre sentí como si se formara un globo de cómic sobre mi cabeza para proyectar un clip del momento exacto en el que mi billetera ingresaba al túnel del scanner de seguridad. ¡Claro, la había dejado allá! ¡Nunca la había recogido y había seguido adelante, despreocupado, medio dormido!
Ahora la cuestión era regresar a aquel punto de control. Tenía que tomar el tren hacia atrás y desandar (en caminata nórdica sin bastones) el trayecto que cuatro horas antes había hecho a pie y en carrito de golf.
Después de varios intentos llegué providencialmente al sitio. Circular en sentido contrario al normal no es algo que pase inadvertido en un aeropuerto norteamericano. Así que enseguida un empleado de seguridad me preguntó adónde pretendía ir. Le expliqué que había dejado algo en el scanner y llamó a una compañera.
Se llamaba Liz, tendría unos 50 años y me interrogó en inglés con acento latino, bien Miami: "¿Qué se olvidó? ¿De qué color es? ¿Cuál es su nombre? ¿Número de pasaporte?"
Superé la prueba y ella cambió a un castellano imprevistamente familiar: "Acá está tu billetera. ¡Qué bueno poder ayudar a un argentino como yo!" Hacía treinta años que vivía en Florida. Feliz coincidencia.
Aliviado como pocas veces, le agradecí y volví a correr por los pasillos, las escaleras, los trenes y más pasillos hasta la puerta señalada, donde los otros pasajeros ya embarcaban en fila.
Publicado por Daniel Flores / 14 de noviembre de 2010 / 3.10 AM