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Somos todos digitales

Dicen que ya no estamos en la época de la carreta.

Somos todos digitalesPor aquel entonces, digamos 1850, para viajar de Buenos Aires a Córdoba había que abordar una diligencia que, haciendo varias postas, se tomaba seis días. Transportando sólo a cuatro pasajeros. Que llegaban felices y contentos (aunque molidos) si no los agarraba un malón. Morir degollado, o veinte años de cautiverio entre los pampas.

Ahora, no. ¡Qué va! Ahora ese mismo viaje representa sólo media hora de avión, o una noche de ómnibus. Y lo hacen millones de personas. Ahora todo es digital, instantáneo, automático, aerodinámico y sobre todo veloz: la velocidad es lo que se busca en las computadoras, los negocios, la justicia... y también en el fútbol. Todo a gran velocidad.

El Sr. González, que es un hombre de derecha y un dinosaurio viviente, se irrita cuando ve a los futbolistas (todos atletas capaces de marcar 10 segundos para los 100 metros llanos) avanzando trabajosamente en el campo, acarreando la pelota entre rebotes y tropiezos, pasándola mal, recuperándola a trancazos, y con una exasperante lentitud... si atendemos al progreso de la pelota. Pero González, pobre González, ya lo dijimos, es un hombre antiguo y no comprende la velocidad actual.

González no está bien. Se sienta frente a la computadora, resuelto a comunicarse en un segundo con Nueva York, Madrid o Tokio. Enciende la máquina. Se prende una lucecita. Los carteles de la pantalla indican que el equipo está "cargando su configuración". Al cabo de cinco interminables minutos, la pantalla indica: ¡Listo! Ingrese su contraseña. González lo hace, hundiendo con sus dedos tipo chorizo las pequeñas teclas sutiles. Enter. Pasa un par de minutos: "Contraseña no válida". González maldice y vuelve a teclear, algo nervioso. Otra vez la máquina se rebela: "Contraseña no válida". González insulta al mundo, patea la mesa y vuelve a empezar. Al cabo de diez minutos, con las venas de las sienes inflamadas, González ha logrado entrar a su "página". La máquina muestra una señal celeste: "Recibiendo mensaje". Pero González no quiere "recibir mensaje" sino "enviar mensaje". Oprime erráticamente algunos botones y comprueba que le están llegando veinticinco correos, algunos de gran volumen. Hay que esperar. Diez minutos.

¡Finalmente, González puede ver sus mensajes! Borra uno, saltea otro, y cuando llega al número veinticinco comprende que hay media docena de mensajes que debe responder de inmediato. Es impostergable. Así pues, se esmera redactando las respuestas y pensando intensamente, con todas las neuronas. La situación amerita servirse un whisky, con tres cubitos.

González escribe. Uno de los mensajes le sugiere un sitio web que excita su curiosidad y González clickea en el "Explorer". Allí debe esperar otros diez minutos. Un sitio le propone Enter, Log-In, Link y otras interjecciones anglosajonas. González atraviesa las distintas etapas de esta persecución, hasta que un diseño de pantalla le pide su nombre, su apellido y su tarjeta de crédito. Aquí es cuando González pulsa la crucecita colorada del ángulo superior derecho, volviendo a su página.

Han pasado cuarenta minutos, y González todavía no envió el correo "instantáneo, en tiempo real" que tenía planeado. Pero ya está exhausto y muy nervioso. Otra vez "parado" en su página de correo electrónico, González abre un mensaje nuevo. Tenía anotada la dirección del destinatario ( Tokio, Nueva York o Madrid) en un papelito. Pero: ¿Dónde diablos está el papelito?

Furioso, González recorre su departamento insultando a Dios y María Santísima. Se sirve otro whisky. Finalmente, encuentra el papelito: estaba allí mismo, al lado de la PC. González tipea enloquecido la dirección, sin advertir que ha escrito "gotmail" en lugar de "Hotmail", por lo cual el mensaje volverá rebotado al día siguiente.

Cuando cierra la PC, González comprende que ha perdido dos horas de su vida. Horas que podría haber gastado con placer, jugando a la paleta, comiendo unos ricos ravioles o haciendo el amor con su señora, que tanto lo necesita.

Al día siguiente, González toma un taxi. Desde Belgrano a San Telmo son 70 pesos. Una hora de atascamiento, cornetas y maldiciones.

González pasa por el banco, dispuesto a pagar el gas y la luz. Hay cinco cajeras, pero charlan entre ellas sin atender a ningún cliente. González verifica que está séptimo en la cola y resopla. Pasa una hora más.

El pobre hombre decide visitar a su cuñado. Como ya no tiene plata para taxis, opta por el colectivo. Espera de pie en la parada, treinta minutos. Luego viaja colgado de una manija, otros treinta minutos. El colectivo se detiene. Hay un piquete. La gente grita. Insultos, amenazas, humo, empujones. González baja del colectivo. Renuncia a la visita de su cuñado. Camina cuarenta cuadras hasta su casa y llega después de una hora y media, derrengado. Se acuesta a dormir, después de discutir con su mujer. En el día de hoy no ha hecho nada productivo. Cero.

La sociedad moderna, digital y computarizada, es una máquina de robar tiempo. Sobre todo en Buenos Aires y el conurbano. Los aviones nunca salen a tiempo. Los trenes, menos. A veces el público se rebela y los incendia. Las valijas nunca llegan a manos de sus dueños. Hay piquetes, huelgas, paros, burocracia, colas, tiroteos, asaltos. Los juicios duran diez años: toda una vida. Los asesinos no cumplen cadena perpetua: salen el mismo día de cometido el delito, si son menores... ¡Y casi todos son "menores"! Al día siguiente, los chicos otrora carenciados, que son bien ejecutivos y trabajadores (además de millonarios) retoman su divertido rock-and-roll de robos y asesinatos.

Cuando el ciudadano llama por teléfono a una empresa de servicios (privada, capitalista y eficiente, cómo no) una chica llamada normalmente Romina lo deriva a la sección de marketing, donde un chico llamado habitualmente Gonzalo lo reenvía a la gerencia de operatividad, donde un chiquilín, que podría llamarse Facundo, lo comunica, ya muy seriamente, con una señora importante, que siempre se llama Lidia o Elisa (persona mayor) pero en ese instante se corta la comunicación. Y vuelta a empezar.

Han pasado dos horas. ¡Dos horas valen un millón de dólares, dentro de la escala de un humilde laburante como el señor González! Y no se pudo hacer nada.

Algunas personas intentan trabajar. Pero miles de entusiastas idealistas se ocupan de que el trabajo no se lleve a cabo.

Y así pasan los días. Los meses. Los siglos.

Atención: esta es la mirada del dinosaurio González.

Incluso piensa que, en el tiempo de la carreta, todo era más expeditivo. Al buen virrey don Santiago de Liniers y su compadre Alzaga, por ejemplo, los fusilaron en setenta y dos horas. Y siguen siendo próceres, desde el cielo.

Mientras tanto, de algún modo, el hombre llegó a la Luna y las bibliotecas de cinco mil volúmenes se convirtieron en un pequeño pen-drive.

El señor González, un pterodáctilo hecho y derecho, preferiría llamar por teléfono mediante esos catafalcos negros, con el audífono en forma de tubo, que colgaban de la pared, y viajar en la Lujanera o en el Vapor de la Carrera. No sabe lo que se pierde: ¡Seis días- siete noches en Cancún, con aerolíneas "El Peligro", alojándose en el paradisíaco hotel "Al Capone"!

En la era de la velocidad digital -según González - lo único seguro es encerrarse en casa, desconectar la batería del celular y mirar la tele, donde algunas personas se abofetean e insultan de una manera genial.

Por Rolando Hanglin
Especial para lanacion.com

Martes 3 de agosto de 2010

Fuente

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