La estrella deja el Mundial sin marcar un gol y Maradona no asegura su continuidad en el cargo
Ni el mejor del mundo ha podido combatir el caos que organizó Maradona en torno a Argentina. Ni el mejor, Leo Messi, ha salido indemne de ese desbarajuste que autodestruyó a la selección albiceleste, devorada por una majestuosa Alemania.
¿Y Leo? Se va en blanco del Mundial, como Rooney, sin escupitajos –es distinto a Ronaldo–, pero con la misma sensación de fracaso infinito. Como hace cuatro años, Alemania ha terminado con Messi. Entonces, estaba en el banquillo. Ayer, en la bella Ciudad del Cabo, Messi completó los 90 minutos, un montón de disparos y ningún gol. Cuando llegó Guardiola al Barça lo acercó al área, cuando se encontró con Maradona lo alejó. Jamás estuvo donde debía estar, enredado en ese caos que frustró el gran deseo de la estrella azulgrana: ganar el Mundial con 23 años.
EL DOLOR DE LEO / A cada gol alemán, y fueron cayendo, uno a uno, hasta cuatro, Maradona parecía mucho más viejo. De repente, ese tono vitalista y excéntrico que tanto gracia hacía en su país se transformó en un rostro apocado, con el miedo dibujado en cada pliegue de su castigada piel. A Messi le sucedió algo similar porque, una vez arrebatada la alegría de su fútbol, se transformó en un jugador más. Ambicioso –lo intentó hasta el último instante, pese al 0-4–, pero perdido. Perdido porque se ha ido de África sin festejar ni un solo tanto. Ni uno solo. Lleno de dolor porque comprobó que no hay vida más allá del Camp Nou.
O, en realidad, sí que hay vida, pero llena de dolor. De caos. De desorden. De jugar más cerca de Burdisso y de Demichelis que de Higuaín y Tévez. De ejercer de lateral, interior, pivote y delantero. De todo y de nada. De saber que es el mejor y de saber, al mismo tiempo, que no tiene nadie que lo arrope. Por no tener, Argentina no tiene ni defensa. Otamendi, o el ridículo hecho lateral derecho, será para Maradona lo mismo que Felipe Melo significó para Dunga. El fiel retrato del desastre.
EL PUÑETAZO DE ALÍ A DIEGO / Alemania, el primer rival serio que se topó en África, le metió cuatro. Pero pudieron ser media docena de goles. Cuando acabó el partido, Messi tenía la mirada perdida. Estaba aturdido. Incapaz de asimilar lo que había sufrido. Un equipo le había pasado por encima y lo envió a casa en 90 minutos de inacabable tortura. Aunque lo que le dolía a Messi era no haber sido Messi. Ahogado en la impotencia, salpicado de lágrimas, escondido en la intimidad de un vestuario roto, ocultando el drama que ha vivido. «Messi ha jugado un gran Mundial. Verlo llorar en el vestuario... El que me diga que Lío no siente la camiseta es un estúpido», contó Maradona, revelando la depresión posMundial que puede asolar al azulgrana.
Ya está en ella. Vino hasta Suráfrica para culminar un excepcional año (Liga, Pichichi, Bota de Oro...) y se marcha con las manos vacías. Sin un maldito gol que celebrar, golpeado con la misma dureza que retrató Maradona. «Me siento como si me hubiera dado un puñetazo Alí. Es lo más duro queme tocó vivir, no tengo fuerzas para nada», dijo el técnico tras casi una hora de espera y sin hacer autocrítica. «No sé si voy a seguir o no, tengo que hablar con mi familia», dijo abatido. Y añadió: «Me puedo ir mañana, pero me gustaría que estos chicos siguieran demostrando lo que son y haciendo ver el verdadero fútbol argentino».