Hace poco más de un mes, la ciudad de Buenos Aires recuperaba su fisonomía habitual después de cuatro días de euforia bicentenaria. El desmontaje de los escenarios convivía con las muestras de satisfacción de todo el arco político por la mezcla de armonía, alegría y masividad en la que habían transcurrido los festejos patrios en todo el país.
Más allá de la previsible pelea por el rédito político del éxito de las celebraciones, entre los hombres del Gobierno y también en la oposición circuló una lectura común: la ciudadanía había dado una muestra de sus ganas de reunirse en la calle, no para protestar, sino para compartir en paz su alegría por el aniversario de la patria, sin confrontación ni divisiones.
Hace casi una semana, ni el frío ni el ocaso del domingo alcanzaron para frenar a los que volvieron a elegir la calle, esta vez, para a festejar el pase a cuartos de final en Sudáfrica. En pocas horas más, el país volverá a participar de un ritual común, aunque televisado. Durante por lo menos una hora y media, las angustias cotidianas quedarán suspendidas en el dulce limbo de la ilusión mundialista. Sólo importarán 22 hombres, una pelota y un viaje con pasaje único a las semifinales.
El humor social, esa entidad a la vez inasible, poderosa y difícil de medir, parece inmejorable. Sin embargo, la última semana albergó varios episodios de violencia que, aunque aislados y menores, se vuelven bien visibles por la luz del contraste.
En poco más de 24 horas, Eduardo Duhalde se topó dos veces con las huellas de su pasado. El octavo aniversario de los asesinatos de Kosteki y Santillán sirvió de marco para los escraches que lo tuvieron como blanco, primero en Capital, donde a la salida del programa de Mirtha Legrand le arrojaron huevos y lo insultaron. El ex presidente sufrió después otro ataque en Rosario. Sin aludir al reclamo de los piqueteros, que pugnan porque la Justicia avance sobre las responsabilidades políticas del crimen, el bonaerense no dudó. Denunció que los ataques tenían nombre y sello: el de Néstor Kirchner.
Clima electoral. Obligado por el hostigamiento de gremialistas de la Uocra, Felipe Solá debió suspender un acto en San Nicolás. Lo había organizado para recordar el primer aniversario de la derrota de Kirchner (y su triunfo con dos aliados que ya no tiene) en las legislativas. Terminó hablando de otras elecciones, tal vez para confirmar que la Argentina "vive en estado electoral". "Si no nos dejan hacer este acto, imagínense lo que sería ir a internas por dentro del PJ", sugirió irónico. Toda una síntesis de su posicionamiento en la pelea entre los presidenciables del justicialismo no kirchnerista y de lo que vislumbra como un clima progresivamente irrespirable a medida que se acerque el próximo desafío en las urnas.
Las frases "Cristina presidente" y "Kirchner 2011" que portaban los hombres de la Uocra habían hablado ya y no dejaron lugar a desmentidas. Las palabras se volvieron definitivamente innecesarias (y ciertamente inútiles) cuando el secretario general de la seccional nicoleña del gremio de la construcción admitió que la protesta había tenido un objetivo claro: "pasarle facturas" a Solá. "Somos militantes del peronismo", dijo, como si la frase alcanzara para explicar algo.
No hubo condenas masivas y contundentes, ni del Gobierno ni de la oposición. Una falta de reacción preocupante y similar a la que siguió a los ataques que hace un mes sufrieron Eduardo Buzzi y Alfredo De Angeli.
Los escraches a políticos no son nuevos. Tampoco son patrimonio exclusivo de la era kirchnerista. La crisis de 2001 y los ecos del "que se vayan todos" reeditaron la forma de protesta pensada en origen para señalar a los responsables de los crímenes de la dictadura. En la actualidad, ni la oposición ni los sectores enfrentados con el Gobierno son sus protagonistas excluyentes. También los sufrieron hombres del oficialismo, sobre todo durante el conflicto con el campo.
La violencia yace latente. Silenciosa. Tenue, pero poderosa. Entremezclada con la alegría pacífica y eufórica que provoca la pertenencia a una Nación, tanto para festejar una fecha patria como para gritar un gol. Ante esa rara combinación, vale estar atentos a un riesgo igualmente latente: el de naturalizar la violencia hasta convertirla en un elemento dado y peligrosamente inevitable. Una parte del paisaje que todos ven, pero nadie nota.
Por Lucrecia Bullrich
De la Redacción de lanacion.com